Don Pablo Villanueva y el autor de esta crónica, Miguel Silvestre.

‘El cazatalentos’: conversación a dos tiempos con don Pablo Villanueva

Escribe: Miguel Silvestre Vílchez

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Mientras el taxi avanza por la avenida Alfonso Ugarte, en el ensordecedor y abigarrado centro de Lima, con su bandeja de colores estallante y sus inyectados ojos, que encantan como serpientes imaginadas, atrapo del universo personal esa línea que me remonta a mi historia con el fútbol.

Veo a madre Julia tiñendo nuestras camisetas blancas y convirtiéndolas en verdes, para el Sport Carlos Graña, de la urbanización Ingeniería, en San Martín de Porres, el club de mi barrio. La observo, días después, insertando en los polos, con su máquina de coser sueca Husqvarna, los números cortados en tela blanca.

Yo tenía el 10, como Teófilo Cubillas, el histórico jugador que brillara en las selecciones peruanas de los mundiales México 70 y Argentina 78; y como el extraordinario Reynaldo Barquero, esa estrella que nunca brilló y que muchos afirman era mejor que César Cueto, el zurdo maravilloso que corría por la cancha desparramando lujo y maestría, y a quien hasta hoy califican como “El Poeta de la Zurda”.

Fui 10 y hasta quise ir a probarme a Alianza Lima, por recomendación de Don Atilio Flores, el dueño de la combi Zarumilla-Villa Jardín donde hice de cobrador. Y, obvio, Don Atilio iba a ser mi manager o representante. Pero, las artes (buenas y malas) del barrio, la Gran Unidad Escolar ‘Ricardo Bentín’ del Rímac, las diarias lecciones de vida de mamá y la magia de la Biblioteca Nacional, pudieron más.

El taxi dobla en la esquina de Venezuela y Alfonso Ugarte. A la derecha, por Venezuela, puestos rodantes de hamburguesas, hot dog, choripán, y al frente, en la vereda de Venezuela Sala de Juegos, el local ambulante de pollo broaster que revienta de clientes de 6 de la tarde a 6 de la mañana, todos ellos devoradores de piernas, pechos y alitas.

La esquina tiene hasta su feria, donde funcionan puestos de joyas de fantasía, ropa, el restaurante ‘Rinconcito del VRAEM’, sigla del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, y, también, adivinadoras de Bolivia, donde hace dos años le leyeron el porvenir a La Rusa, y no acertaron en que éramos como en la canción de José y José “40 y 20”, e incluso un poco más, ni que ella se iría para siempre a Europa, con ‘Un mundo para Julius’, del inmenso Alfredo Bryce Echenique, en la mano.

Estamos cerca al óvalo de Venezuela y en el Yango busco, en el celular, en YouTube, un tema de Alaín Pérez, el genial sonero, percusionista y bajista cubano: ‘Camínalo’. Escucho ese homenaje al son montuno y al amor, y se me graba el coro: “Yo no quiero que te vayas sola, camina y ven conmigo ahora”, mientras la trompeta de Maite Hontelé (salsera de los Países Bajos) ondula con un muy cercano sabor a lo cubano. Y en ese instante el auto cruza el hotel Saymar, en la cuadra 8 de Venezuela, donde nos despedimos hace un año con La Rusa para no vernos más. Ya no podré decirte, blanquísima, “Camina y ven conmigo ahora”, como Alaín Pérez. El fútbol también nos unió, sin quererlo, esa noche, en ese palacio del “good time”, de lo prohibido, Rusa.

Jugó Perú, las incidencias se veían en el Smart TV y a nosotros nos llegó altamente si la selección ganaba o si le encajaban 10 tantos.

El auto circula por la avenida Naciones Unidas y está a punto de ingresar a Sargento Lishner, Chacra Ríos, en el Cercado de Lima. Han pasado casi nueve minutos.

Poco menos de nueve minutos desde la avenida Alfonso Ugarte, donde se ubica el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, y en cuya vereda está el gran Elí Pacheco, amigo y vendedor de libros, quien consiguiera, entre otras, una joya titulada ‘La tentación de existir’, del filósofo y escritor rumano Emil Cioran, en una muy buscada edición de 1973, con traducción del también escritor y filósofo español Fernando Savater. Acera que ocupa, también, José Basilio, ‘Principito’, apodado así por ser el más joven de los vendedores de libros usados de la zona y asociado, por ello, al título de la novela corta más famosa de Antoine de Saint-Exupéry, ‘El Principito’; y del cual obtuve el libro de ensayos ‘Otras Inquisiciones’, del inmortal Jorge Luis Borges, en una publicación harto bien lograda de Editorial Sudamericana, emitida en 2016. Título rescatado por ‘Principito’ literalmente del suelo de La Parada, en la avenida Aviación, La Victoria, extraviado entre libros de autores ahorcables y textos de autoayuda que no sacan del problema al que los lee ni al que los escribe. La calle también es cultura, causa.

De Alfonso Ugarte al jirón Lishner, en diez minutos. Y confirmo que, repasando ese ángulo de mi vida, desde las camisetas que con tanta devoción confeccionara mamá Julia, pasando por el sueño de ser el 10 de Alianza Lima, hasta los encuentros extradeportivos con La Rusa, he recorrido cincuenta años. Y como Johnny Carter, músico genial enfebrecido por la adicción, protagonista del cuento ‘El Perseguidor’, de Julio Cortázar, confirmo que el tiempo no existe. Porque, ¿cómo pueden meterse cincuenta años de una vida en nueve minutos, y en un taxi beige de Yango?

Cruzando el corazón de Breña, y pensando en La Rusa, puse en el teléfono celular ‘Nada de ti’, de Eddie Palmieri, en la voz de Lalo Rodríguez, grabada cuando el sonero tenía 16 años de edad y por la cual ganó un Grammy; miré el cielo negro y sin estrellas en ese verso que, con su voz de alto registro, delgadísima, lanza El Canario de Carolina (que es un municipio de Puerto Rico): “Te di mi corazón y te burlaste de mí, y ahora no quiero, no quiero yo nada de ti”. Y sentí un gato maullando a la altura del diafragma. Y tragué, muy despacio, saliva.

El conductor me dice “Llegamos, señor”. Bajo y toco, con el nudillo superior del dedo medio de la mano derecha, la puerta de lámina de vidrio y bordes y armazón de fierro. Es 1 de octubre de 2025, Día del Periodista. En dos semanas cumpliré 41 años en este noble oficio. Me saludaron los dos colegas con los que trabajo, mi familia directa y nadie más. Ni un pan con chicharrón de prensa, ni una torta, nada para conmemorar. No hay problema. Además, no existe motivo para celebrar. El país sigue hundiéndose, gracias a los malos políticos y a su comparsa, a su miseria moral, al gen de la corrupción inserto en sus sistemas circulatorios y al mercantilismo, llamado por aquí liberalismo económico. Son las 7 y 59 de la noche.

Abre la puerta don Pablo Villanueva Cáceres, joven de 81 años, nacido el 27 de junio de 1944, el descubridor de los cracks del Deportivo Municipal desde hace 55 años. “Hola, Miguel”, dice. Y me da una mano de dedos largos y delgados. Y paso.

Tiene un aire a Jorge Fossati, el hasta ese momento entrenador de Universitario de Deportes. Cabello totalmente cano, asentado hacia atrás, pantalón azul noche, camisa celeste y debajo una camiseta blanca para el frío, y un chaleco con motivos andinos. Me invita a sentarme en un sillón largo azul de la sala-comedor. Frente a mí, una pared tachonada de diplomas y condecoraciones por su valiosa labor. Es una casa sencilla, pero sobria. Su arquitectura me lleva a los años 70, yendo cuesta arriba en una bicicleta alquilada, en la urbanización Palao, San Martín de Porres, al pie del cerro de esa zona, en la huaca del mismo nombre; hallando –sin buscar– pedazos de cráneos y pequeños restos, en forma de cuadriláteros, de vasijas y objetos del sitio preínca asentado allí hace unos mil años, la cultura Lima, atesorarlos con excitación, con la pasión que anida al interior de los huesos sacros, con la satisfacción que se logra al encontrar en la Divina Comedia, de Dante Alighieri, esas líneas del undécimo canto, en la primera sección, El Infierno, que rezan: “Vuestro arte es como de Dios nieto”, y decir, para adentro, “intentar ser artista, buscar ser escritor, vamos, es divino, es mágico, somos sangre directa del Creador”; y dejar de pedalear, seguir a pie hasta coronar la cima y observar, con la mirada anonadada y los brazos abiertos en exacta adoración, cómo el sol rojizo se desmaya con violencia en el mar del Callao, entre la isla San Lorenzo y un barco que fuma (como en el tema de The Latin Brothers ‘Fuma el barco’), enfilando hacia altamar.

Hay un Smart TV en la pared, sostenido por un soporte de metal, y al pie un mueble largo de madera donde descansa una radio Akita AM/FM, “a corriente y batería, de 4 bandas, que permite sintonizar tus emisoras favoritas de FM, TV, AM y SW”, como dice en el catálogo del aparato, que parece provenir del Japón, pero lo más probable es que lo sea de China.

El dueño de casa se acerca a la vieja radio y la apaga, justo cuando un reportero da los últimos y ahogados comentarios del encuentro Universitario (2)-Alianza Atlético de Sullana (0). El brazo de don Pablo girando el botón Off/On me transporta increíblemente a esa escena de El Padrino II, donde el mafioso israelí Hyman Roth, en su chalet de Miami, sentado en un sillón con brazos de madera, observa en el televisor un partido de fútbol americano –mientras el sol disminuye su fuerza a eso de las 5 de la tarde proyectando con sus brazos una línea de luz y una penumbra que salpica la sala– y le dice a Michael Corleone, en tono paternal: “Yo gozo viendo el fútbol (americano) por las tardes”. Y, segundos después, como si jugara con una inocente baraja, arregla cuentas sobre negocios turbios y dispone gente a eliminar, con un trozo de sándwich de atún en la boca.

La mente humana es más diestra que cualquier inteligencia artificial. La mía ha reparado, en forma casi imperceptible, no solo que Roth y Villanueva viven en salas construidas en la misma época, sino que ambos se asemejan en forma evidente. Pero, solo en la apariencia.

A Roth todos le temen y, a la vez, lo quieren despachar al otro mundo. A Pablo Villanueva el ambiente deportivo lo estima y los que recién se topan con él terminan por agarrarle harto cariño.

Vista interior del Club Internacional Revólver, en el Rímac. Foto: Club Revólver/Facebook.

Conocí a don Pablo en el Club Internacional Revólver, del Rímac, un sábado de marzo de 2025, cuando jugaban varios equipos de las divisiones menores del Deportivo Municipal, club semillero del fútbol peruano. Estaba allí porque quería que un joven de Miraflores, habilísimo con los pies, y muy rápido, se probara en el Muni. Don Pablo los ve jugar en un partido de práctica y máximo en 30 minutos sabe si el menor rendirá en el fútbol.

Me dio un apretón de manos con sus dedos largos y espetó (curioso vocablo que usó Dashiell Hammett en la primera página de su novela ‘El Hombre Delgado’, lo mismo que Haruki Murakami, en el capítulo 2, página 13, de la novela ‘Tokio Blues’, colección Andanzas, de Tusquets) con crudeza: “Si no juega, mejor que se dedique a estudiar para la universidad”. Con don Pablo no hay arreglos. Si no mueves la bola, ni pienses en convencer a este rimense que nació en su casa, en la cuadra 1 de la avenida Francisco Pizarro, Rímac, por gestión de la obstetriz del barrio.

Quedé en llevar al joven a probarse, pero este prefirió el terral de una cancha de Comas, en una liga de fútbol de categoría casi desconocida. Así es la vida.

Esa tarde almorzamos en el restaurante del Revólver, en una de las tres mesas largas de madera, vestidas con los inmortales manteles de hule. Pedimos pollo frito con frejoles y ensalada, y sopa de pollo. E Inca Kola. Éramos don Pablo, el suscrito y Fernando Rossi, periodista, profesor universitario, exfutbolista de los juveniles de Universitario de Deportes, de la selección peruana y amigo de toda la vida, y quien me presentara al entrenador.

Entre sus apreciaciones sobre el fútbol y las posibilidades de que los equipos del Muni remontaran sus puntajes en los respectivos campeonatos anuales, reparé en el final de sus cejas bien marcadas hacia abajo y en sus ojos, que parecían guarecer una tristeza constante e indescifrable.

Y si los ojos de Hyman Roth en El Padrino II exfolian vileza, hipocresía y autosuficiencia, los de don Pablo, en cambio, son abiertos como una gran ventana, donde anidan un camino luminoso, un río de aguas calmas y un cebiche mixto bañado con el limón chulucanense de la amistad pura. ¡Gua, paisano!, como dicen en Chulucanas, Piura.

En su casa del jirón Sargento Lishner, el buscador de cracks más longevo del fútbol peruano sigue en su afán de darle a ese deporte un sentido, antes que limitarlo a la situación de mero negocio.

Tengo la impresión de que no le gusta el dinero, solo obtener el que sea necesario, y que siempre huye de la fama y el aplauso fácil. Reitero, desde hace 55 años es entrenador de menores y “buscador” de estrellas en ciernes del fútbol. Tiene “ojo”. Huele al crack.

Pero, don Pablo pintaba para abogado o periodista. De hecho, desde que uno lo conoce repara en su conversación bien versada y en su apropiado manejo de las categorías gramaticales. Del cuarto de primaria y hasta el fin de la secundaria estudió en la Gran Unidad Escolar ‘Ricardo Bentín’, también mi alma mater.

Conoció al auxiliar ‘Alfred’, como yo, ese señor mayor con cabello cano, alargada figura y lentes gruesos, que debía el sobrenombre a su gran parecido con el mayordomo de Batman, llamado Alfred, en la conocida serie de los años 60. ‘Alfred’ peruano caminaba con un palo de color blanco, con el que aporreaba a los alumnos que no ingresaban a los salones y se escondían a los alrededores de la cancha de fútbol o en los baños. El bastón de ‘Alfred’ era ya legendario durante mi paso por el ‘Ricardo Bentín’.

Así lucía la Gran Unidad Escolar ‘Ricardo Bentín’ antes de su remodelación. Foto: Facebook.

Don Pablo recibió una buena instrucción. Por ello, no tuvo problemas para ingresar a la Pontificia Universidad Católica del Perú. Estudió en la Facultad de Letras y cuando ya se perfilaba como un alumno aplicado, debió abandonar las aulas y trabajar.

Fue auxiliar de oficina en Radio Nacional y en sus pasillos conoció a Alfonso Tealdo, un extraordinario periodista, reconocido por sus agudas entrevistas, rabiosa honestidad y un cigarro eterno entre sus delgados labios.

En 1967, movido por su sangre deportiva, armó un equipo en el Rímac, su barrio, llamado el Benfica Fútbol Club, en honor al cuadro donde militaba un enorme jugador portugués llamado Eusebio, el Sport Lisboa y Benfica de Portugal.

El Benfica Fútbol Club del Rímac, categoría infantil, fue campeón del Interbarrios de fútbol del diario La Prensa en 1967, un torneo que aglutinaba anualmente a más de 1,500 equipos de Lima Metropolitana.

En ese cuadro jugó Reynaldo Barquero. Fue galardonado como el mejor jugador del campeonato en su categoría. Para mí, modestamente, Barquero fue un genio. Otro Poeta de la Zurda. Quizá el mejor. Y, hoy, mora en la eternidad.

En 1968, por recomendación de su padre, trabajó en el ‘Ricardo Bentín’, como auxiliar. No metió palo, como ‘Alfred’, pero sí impuso su don de gentes. Por ese tiempo, Claudio Villarán, directivo del Deportivo Municipal, buscó a Villanueva. “Tú captas a los chicos para el club y yo te voy a conseguir un carné de la profesional de nuestro cuadro”, le dijo. Su fama con el Benfica del Rímac había trascendido fronteras. Allí se inició la historia con la franja.

La pelota llegó como jugando, parafraseando las dos primeras líneas del tema “Todo empezó como jugando” (Todo empezó como jugando/nunca pensé quererte tanto), que cantara César “El Mono” Altamirano, en ritmo de balada, en los 70, y que volviera a interpretar Dina Páucar, muchos años después, en aires de huaino, agregándole otros párrafos.

Y empezó la caza de talentos. En 1968, estudió para entrenador en el Cesired, centro del Instituto Peruano del Deporte-IPD, perteneciente al Estado. De allí salió con su cartón. Ya titulado, inició sus labores como entrenador de menores. Fue en 1970 que empezó a trabajar con los infantiles y juveniles de Deportivo Municipal.

¿A quiénes formó? A decenas de extraordinarios futbolistas. Veamos: Eduardo Malásquez, un endiablado jugador, extremadamente hábil con la pierna derecha, padre de La Malasqueña, esa jugada inventada en 1984 y en la que el mediocampista, con la camiseta del Deportivo Independiente Medellín, se lleva por la izquierda al arquero y cuando le falta ángulo para disparar al arco regresa casi al centro del área chica para eludir a otros dos rivales y marcar con un toque desfalleciente, de cancha de barrio, chorreadito, pero exacto. Un lujo. O Duilio Poggi y su melena tipo casco de soldado, gran volante de marca y zaguero, quien salvara al Muni de la baja en 1977 –junto a sus compañeros– y anulara a Diego Armando Maradona cuando integrante de la selección juvenil en un partido que se ganó a los albicelestes, ese mismo 1977. Lo borró de la cancha años antes que Lucho Reyna. Y hoy descansa en paz, lamentablemente.

O Walter Bustamante, quien militara en el equipo de La Franja, en teams de USA, y fundara, allí, una academia para menores; o Edgar Villar, quien vive en Australia, o Ernesto Villanueva.

Cómo no mencionar a Jorge y José Soto, Roberto Arrelucea, Marco Morán, Juan José Sato, Gustavo Sotomayor, Martín Duffó, Alberto Akatsuka. Todos grandes jugadores y buenos muchachos.

Silverio Gonzales Sierra es un triunfo de la constancia de don Pablo, como entrenador y consejero. Lo vio en el estadio San Martín y averiguó que era del colegio ‘Pedro Labarthe’, de La Victoria. Vivía cerca de allí, en el cerro San Cosme.

Hasta esa zona, brava en ese tiempo, con guardaespaldas de dicho lugar, llegó don Pablo. Le prometió al padre de Silverio, carnicero él, hacerlo debutar en la primera división del fútbol y lo logró. Silverio refiere que su papá firmó el contrato encima de un saco de yute lleno de machas, molusco que abundaba en el Perú en los 70 y que hoy ha desaparecido de nuestras aguas.

Gonzales llegó a figurar, en una misma alineación con Hugo Sotil, Eduardo Malásquez y Franco Navarro, tres íconos del club de la franja roja. “Yo era juvenil, mi tío Hugo, que había vuelto del Barcelona, y era famoso, me decía que me ponga detrás de él siempre. Y, así, salía en las fotos”, ha narrado Silverio, quien jugó de puntero.

Don Pablo recuerda que Gonzales le dice, por cariño, ‘Papá’. “Evité que ese muchacho sea un delincuente, el fútbol hizo que deje las malas compañías. La mayoría de sus amigos o está muerta o está presa”, refiere. El fútbol también puede ser un antídoto contra las malas artes.

De la hornada villanuevista es, igualmente, César ‘El Ratón’ Rodríguez Huamaní, un zurdo que jugó en el Municipal, Alianza Lima y Universitario, entre otros equipos. Y que mueve la pelota, hoy, en el cielo.

También, Julio Argote, jovencito en ese entonces, alrededor de 1974, quien era de la selección de su colegio, el ‘Alfonso Ugarte’, y que apenas fue visto por don Pablo resultó reclutado para La Franja.

En una entrevista para las redes del periodista deportivo Jorge Esteves, el extremo derecho fue claro: “(Pablo Villanueva es) Mi padre, deportivamente hablando. De mí (para él) solo hay agradecimiento”.

Lo afirma un delantero de alto nivel que ha jugado con equipistas como Eduardo Malásquez o Franco Navarro, y que debutó en la primera división por indicación del entrenador del Muni (y, a la vez, jugador) Pedro ‘Perico’ León, un histórico de Alianza Lima y de la selección que fue a México 70.

Franco Navarro con la camiseta de Perú en las eliminatorias para México 86. Foto: Diario Oficial El Peruano.

Pablo Villanueva peinaba la ciudad como los recicladores de Lima. En autobús, en microbús, con los carros de los amigos, o a pie, por las calles de los distritos más populosos, en las canchas con 10 % de pasto chusco y 90 % de tierra, ahuecadas como un queso gruyere, cercadas con yeso y generalmente sin tribunas; amenizadas con polladas, chuletadas y cuyadas. Comiendo polvo y comprando su gaseosa andaba el descubridor, como Diógenes de Sinope con su lámpara, que buscaba hombres honestos en Atenas.

Don Pablo solo buscaba peloteros. Con un fondo de grass pelado y polvo en el aire se le vio venir a los potreros donde los menores movían el balón.

En este itinerario de descubrimientos, la historia de la cacería, deportivamente hablando, de Franco Navarro fue obra de la constancia y la astucia.

–¿Cómo fue la Operación Franco Navarro, profesor Villanueva?

–Fue Julio Argote quien me habló de él, por primera vez. Dijo: “Hay un muchachito que, si lo ve, no le quita el ojo”.

–Y usted fue a cazarlo…

–Empezamos con nuestra labor. Pero, Miguel, te puedo pedir un favor. ¿No hay problema, ¿verdad?

Y, en segundos, pensé: Y, ahora, dónde la malogré, qué falta acá, ¿debí pedir una gaseosa, 200 gramos de jamón del país y unos diez panes baguettinos, bien alargaditos, en la panadería al lado de la casa? ¿En qué momento se jodió el Perú, como piensa Zavalita, mirando la avenida Tacna, en el centro de Lima, un mediodía gris con neblina, en ‘Conversación en La Catedral’ de Mario Vargas Llosa?

–No, no hay problema Don Pablo… ¿pasa algo?

–No, nada. Es que estoy algo agotado y ya es mi hora de dormir. Yo descanso a las 9:00 de la noche y nos hemos pasado de esa hora.

Aliviado, le dije que todo estaba bien y que continuaríamos otro día y nos despedimos. Salí sorprendido. La verdad, era la primera vez que un entrevistado para en seco una conversación para irse a la cama. Y, también, era la primera vez que entrevistaba a un joven personaje de 81 años. ¿O serán poses de los divos que son los cazatalentos?

2

Volví el 7 de octubre, a las 7:00 de la noche.

–¿Cómo fue la Operación Franco Navarro, profesor?

–Como te comenté, fue Julio Argote quien me habló por primera vez de Franco Navarro. Y el día que lo conocí, en 1978, hacía un partido contra una preselección peruana, formando parte de la selección de Puente Piedra, su barrio. Por suerte, el partido se jugaba al frente de esta casa, acá en Chacra Ríos. Era el campo de las Empresas Eléctricas. Le di 5 soles al señor que vigilaba, que era un propinón en aquella época, y me dejó entrar. Estaba un poco ‘alzado’ el muchacho, porque ya la “U”, Alianza y Cristal lo estaban buscando. “¿No te gustaría jugar por el Muni?”, le dije. Y lo único que me contestó fue “No sé”.

Entonces se inició la operación. Días después, Don Pablo empezó a ir a Puente Piedra, tomando su rico ómnibus, comiendo unas galletas o un bizcocho. De frente por la carretera Panamericana Norte, pasando por algunos locales industriales, ensambladoras y poquísimos campos de cultivo, todo lo cual hoy no existe, hasta la Plaza de Armas de Puente Piedra, y de allí a Zapallal, un barrio del distrito, a buscar la casa del ‘Pepón’, que así es como le decían al muchacho. Porque era agraciado de cara.

–¿Y cómo lo convenció?

–Se hizo (como en el fútbol) marcación a presión. Pero, en su zona, su entorno, sus amigos, me miraban mal. Hasta pensaban que estaba enamorado del jugador, lo que era equivocado.

Como había interés de otros equipos, Pablo Villanueva habló con los responsables del Muni. Jaime Otoya, un directivo, dio la solución: plata. Y había que hablar con el padre del jugador porque este era menor de edad.

El día crucial, Otoya llevó en su Volkswagen escarabajo a Villanueva hasta Zapallal. Este ya se conocía la ruta de memoria.

–Otra vez usted por acá, señor Villanueva–, dijo el padre de Franco Navarro, visiblemente agestado–. Quiero que termine el colegio; si no concluye los estudios, no hay fútbol. Él, ahora, tiene que dejar de pensar en deportes, agregó, firme.

Entonces, apareció el as bajo la manga. Don Pablo usó la mesa de centro de la sala. Puso la chimpunera (bolso donde se guardan los chimpunes), la abrió y ‘salieron’ todos los billetes. “Y allí saltaron los diez mil soles, que eran como medio millón de soles de hoy”, cuenta el entrenador.

–¿Y que hizo el papá de Franco Navarro?

–Solo dijo: “Dónde tengo que firmar”.

Y Franco Navarro, a los 17 años, empezó en el Club Centro Deportivo Municipal su camino hacia la cúspide del deporte que lo hizo estrella nacional e internacional.

Navarro (1), Sotil (3) y Malásquez (4) integraron una de las más poderosas formaciones del Deportivo Municipal. Foto: Diario Oficial El Peruano.

El hijo de Aguaytía, el puentepiedrino que la movió en el club Bolognesi de Puente Piedra y en el estadio de Ancón, ‘Pepón’, el benjamín de la familia, el engreído de sus hermanas, llegó lejos. Entre otros galardones, el centrodelantero y goleador fue subcampeón con Municipal en 1981, seleccionado nacional, triunfó en el Independiente de Medellín y es considerado uno de los más importantes goleadores del Club Independiente de Argentina, al igual que uno de los cien mejores jugadores extranjeros que han pasado por el fútbol de ese país.

En el deporte rey era aguerrido, fuerte, no le rehuía a la patada (su “hermano” Julio Argote lo recuerda cuando llegaba con su uniforme de colegio al entrenamiento en la Gran Unidad Escolar ‘Alfonso Ugarte’, las bromas que le hacían por ser casi un niño, y las ‘caricias’ que recibía, las cuales ni sentía por su fortaleza física y a las que contestaba con una gran sonrisa); y contaba con una especial cualidad para estar siempre bien ubicado en el área chica. Recordados son sus frentazos convertidos en gol. Sin duda, se trata de un extraordinario centrodelantero.

Y el goleador es agradecido con Pablo Villanueva. Conocido es que, en una reunión de Navarro, Tito Chumpitaz, dueño de una reputada academia de fútbol, y don Pablo, el primero reconoció en algún momento: “Él fue quien me vinculó con el fútbol”. A lo que Tito Chumpitaz agregó, de seguro abrazándolo: “Acá está tu papá, don Pablo”.

–¿Y cuál es la fórmula para crear un buen entrenador, profesor?

–Para trabajar con los menores hay que predicar con el ejemplo. Uno tiene que respetar a los chicos, para que los chicos lo respeten a uno. Es que tienes que involucrarte con ellos, ver cuál es su ambiente, si tienen la facilidad para desarrollarse. Yo sabía llegar al jugador, hablaba con él. Más que entrenador hay que ser amigo.

–Estar cerca del deportista.

–En cierta forma, los jugadores son como mis hijos. Mi objetivo ha sido, siempre, formar un buen jugador y una buena persona. Qué gano yo si tengo un crack y es un sinvergüenza, un desadaptado, si me volteo y me ‘saca la vuelta’ (me engaña, me miente).

–Y qué se necesita para ser un buen jugador, profesor.

–El fútbol es sacrificio. Si quieres ser un futbolista de verdad, tienes que aprender a ser disciplinado y…aguantar.

“Soy un zorro viejo”, confiesa, como remarcando que la experiencia en el trabajo y en la vida es valiosa y sirve en forma trascendental. Y adiciona, con esa sapiencia de los barrios del Rímac: “Pero, con 81 años ya no puedo estar haciendo travesuras”. Sabrá por qué lo dice.

Vuelvo a mirar la pared, repleta de condecoraciones y diplomas, pero, más que nada, creo, de recuerdos vivos, imposibles de ser medidos con billetes.

Con la mirada de zorro viejo y la tristeza en sus iris, que descubrí cuando lo conocí, dice: “El fútbol me ha dado amigos, no me ha dado dinero en abundancia; si no, viviría en San Isidro. Vivo modestamente, pero lo mejor que he recibido es el cariño de la gente y el respeto”.

Y explicita lo que le fortalece: “La valoración de los jóvenes que formé y el cariño que me tienen”.

–El cariño de ellos. Eso vale más que la plata. Miguel, el dinero se va, el cariño y el reconocimiento quedan–, dice, sentado en su sillón azul, al lado de su Smart TV, la radio Akita todoterreno y sus tardes viendo fútbol de todo el mundo, en especial el de Argentina, el que más le gusta por ser dinámico, representado por River Plate, Boca Juniors y Racing. Y escuchando (o viendo) principalmente Radio Ovación.

Para Don Pablo el fútbol es la vida. Pero, la vida tiene más aristas.

–Y en medio de todo lo que pasa, está el deporte…

–El fútbol está mal. La selección está de cabeza. Aquí se llama al primo, al cuñado. Acá tiene que haber un cambio radical.

–Cambio radical, no solo en el deporte.

–Yo nunca he visto al Perú como está ahora. Antes se podía salir a la calle. Se ha descompuesto el país por la falta de autoridad. Estamos al borde del colapso. Se ha perdido el orden, la seguridad y el respeto.

Palabras de un personaje que ha vivido mucho y que ha caminado por toda la ciudad, especialmente por los barrios donde hay peruanos con mayores necesidades y carencias. La voz de la experiencia.

Hablamos casi dos horas. Nos tenemos que ir. Queda en su bunker el forjador de cracks, junto a sus temas de música criolla y La Sonora Matancera, enumerando los platos que le placen de la comida criolla: arroz con pollo, todas las menestras con su arroz y salsa de cebolla, causa de atún, tamales de pollo o chancho y, de postre, picarones. Trayendo a colación sus lecturas, ‘Los viajes de Marco Polo’, ‘La vuelta al mundo en 80 días’, de Julio Verne, los textos de historia, “porque cuando se lee, parece que uno estuviera viajando”.

Pablo Villanueva no solo es un gran profesional, también es un caballero, pues a lo largo de esta segunda entrevista no dijo ni una palabra sobre el cese de sus servicios en el Municipal, pese a una trayectoria de más de medio siglo en la institución. Frente a la injusticia y la ceguera, lo he comprobado, ha respondido con dignidad.

Lo que sabemos es que tiene un nuevo trabajo, siempre ligado a descubrir estrellas. Vale.

Antes de despedirme, no dejo de preguntarle por el que es para mí el genuino Poeta de la Zurda, Reynaldo Barquero.

–Reynaldo Barquero Quiroz –lo rememora, sorprendentemente, con nombre y apellidos–. Lo tuve en el Benfica del Rímac, en 1967, cuando campeonamos en el Interbarrios de La Prensa. Él fue el capitán. Cómo no me voy a acordar de él. Tenía un pincel en el pie izquierdo, era un ‘técnico’. Y manejaba un gran panorama a la hora de jugar. Pudo haber llegado lejos, pero…las malas juntas, los malos amigos… Para mí, Barquero era mejor que César Cueto.

Reynaldo Barquero, el otro Poeta de la Zurda. De la Urbanización El Manzano, El Rímac, por el Parque del Avión. Guardando las distancias, y con las disculpas del caso, ‘Poeta Maldito’, como Rimbaud. Hoy, en una madrugada de octubre de 2025, lo reafirmo: para mí, un maestro genial.

(FIN/Ensayo General)

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