Escribe: Bai Ruide (*)
El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá está a punto de concluir. Se trata de una de las ediciones más exitosas y, al mismo tiempo, más controvertidas en los casi cien años de historia de la FIFA. El número récord de selecciones participantes y partidos, así como las cifras históricas de espectadores e ingresos comerciales… Como noveno presidente de la FIFA, Gianni Infantino tiene muchas razones para destacar los numerosos “éxitos históricos” de esta Copa del Mundo. Sin embargo, existe otro hecho innegable: en medio del caos generado por este gran torneo, muchos han percibido señales de una crisis. Aunque Infantino y la FIFA difícilmente lo admitirán públicamente, el Mundial 2026 podría convertirse en la batalla de Waterloo del presidente del organismo rector del fútbol mundial. Su prestigio, considerado durante mucho tiempo sagrado e incuestionable dentro del fútbol internacional, podría no volver a ser el mismo.
Independientemente de las razones que llevaron al señor Infantino a acercarse tanto al presidente Donald Trump, incluso hasta el punto de ignorar las reglas del fútbol, esta actitud tuvo un efecto directo: la FIFA y su máximo dirigente fueron criticados por la opinión pública.
Infantino seguramente tendrá muchas explicaciones para justificar que sus decisiones fueron exitosas, acertadas o incluso inevitables. Sin embargo, estas acciones, comparables a una serie de “autogoles” estratégicos, están erosionando la credibilidad de la FIFA. Lamentablemente, esta se ha convertido en una realidad objetiva, aunque todavía se desconoce hasta dónde llegará el impacto de este daño.
En realidad, el paso de la confianza excesiva al deterioro de la reputación de Infantino y la FIFA ya quedó expuesto antes del inicio del Mundial 2026: fue la “derrota total” en las negociaciones por los derechos de transmisión con la Televisión Central de China (CCTV). Tres años antes, la FIFA había mantenido una postura inflexible, sin margen de negociación sobre el precio de los derechos. Sin embargo, poco antes del inicio del torneo, terminó aceptando las condiciones planteadas por la parte china. Aunque el fútbol chino fue objeto de burlas por no lograr clasificarse al Mundial, los medios chinos protagonizaron una importante victoria en otro escenario, demostrando la capacidad de negociación frente a una FIFA y un Infantino que habían subestimado a su interlocutor.
Cuando el secretario general de la FIFA declaró, con una sonrisa forzada, que las conversaciones con CCTV habían sido “muy exitosas” y que ambas partes habían logrado un “resultado beneficioso para todos”, su expresión distante, junto con informaciones difundidas por medios internacionales a través de distintos canales, alimentaron una percepción común: en las negociaciones sobre los derechos de transmisión con China, la FIFA finalmente tuvo que ceder. Un mes después comenzó el Mundial 2026, pero la sombra de aquella negociación perdida con CCTV pareció seguir acompañando a la FIFA durante todo el torneo. Posteriormente, una serie de decisiones polémicas de Infantino reforzaron esa percepción.
No se puede negar la enorme contribución de Infantino a la FIFA durante la última década, especialmente en el impulso de la comercialización del fútbol y la expansión económica del organismo. Sin embargo, aunque a los ojos de Trump quizá “no tenga ni un título universitario”, su subestimación del peso actual de China refleja, en gran medida, una equivocada interpretación de la transformación del mundo contemporáneo.
En Occidente suele recurrirse a la frase de Sócrates “conócete a ti mismo” como una invitación a la reflexión. Pero precisamente los dirigentes de la FIFA parecen no haber comprendido los profundos cambios del mundo actual ni cómo debe adaptarse la organización ante esta nueva realidad.
Lo que resulta hasta cierto punto irónico es que, poco después de que la FIFA se viera obligada a volver a firmar un acuerdo de derechos de transmisión con la Televisión Central de China (CCTV), el presidente de la Liga de Fútbol Profesional de Francia, el presidente del Paris Saint-Germain e incluso el presidente del Comité Olímpico Internacional, entre otros responsables de instituciones deportivas internacionales, enviaron cartas de felicitación al presidente de CCTV. Según la información pública disponible, estas instituciones deportivas internacionales, al felicitar a CCTV por obtener los derechos de transmisión del Mundial 2026, hicieron mayor énfasis en su deseo de profundizar la cooperación con China en ámbitos como la Ligue 1 francesa, el Paris Saint-Germain y el movimiento olímpico. Esto no puede interpretarse necesariamente como una celebración por las dificultades de la FIFA, pero al menos demuestra que la influencia y la capacidad de discurso de los medios chinos han aumentado considerablemente.
Por supuesto, no puede afirmarse que la negociación entre la FIFA y CCTV haya sido una derrota absoluta para el organismo internacional, ya que ambas partes han declarado que se trató de una cooperación beneficiosa para todos. Pero subestimar al interlocutor y menospreciar sus capacidades constituye una lección no solo para la FIFA y para Infantino, sino también para el mundo occidental. Cuando los vehículos eléctricos chinos comenzaron a ganar presencia global, algunos sectores occidentales todavía se burlaban diciendo que “sin suficientes estaciones de carga no son más que chatarra”. Cuando los robots humanoides chinos mostraron sus capacidades en la Gala de la Fiesta de la Primavera, algunos afirmaban con seguridad que se trataba simplemente de “efectos generados por inteligencia artificial”. Sin embargo, ante una realidad que los contradijo repetidamente, algunos sectores occidentales pasaron de la confianza excesiva a la incertidumbre e incluso a la preocupación.
Desde cierta perspectiva, el error de cálculo de la FIFA en la negociación de los derechos de transmisión del Mundial 2026 puede considerarse también un reflejo de la forma equivocada en que algunos sectores occidentales perciben a la China actual. El declive de la hegemonía occidental no es algo que haya ocurrido de la noche a la mañana, aunque muchas personas en Occidente todavía se resistan a reconocerlo.
En realidad, si se vuelve a una mirada racional y se observa objetivamente a una China en ascenso, tratándola como un socio en igualdad de condiciones y respetando sus características como nuevo interlocutor internacional, existirán enormes oportunidades de cooperación mutuamente beneficiosa. Apostar por el futuro de China también significa apostar por nuestro propio futuro. Después de todo, ¿acaso la negociación de los derechos de transmisión del Mundial no terminó alcanzando finalmente un acuerdo?
Porque, al fin y al cabo, ya estamos viviendo una nueva era.
(*) Comentarista de asuntos actuales con base en Beijing
(FIN) Ensayo General







