ANTES DE SALIR EN VIVO por ‘Ensayo General’, le pregunto a Mario qué significa la palabra ‘waranqhamaki’, su apellido en la tapa del libro ‘Diez historias antiguas’ (Maquinaciones, 2026), versión en castellano de la obra que el autor publicó originalmente en quechua Cusco-Collao dos años antes, con el título ‘Chunka ñawpa hawarikuna’.
Mientras acomoda junto al micrófono de invitados una fotografía en blanco y negro del dirigente campesino Saturnino Huillca Quispe –protagonista de las históricas luchas por la tierra en el Cusco de mediados del siglo XX–, Mario me responde al vuelo: “Mil manos”.
Tras una bienvenida breve y la presentación del autor y su obra, la entrevista con Mario Waranqhamaki se abre naturalmente hacia temas como la identidad andina, la memoria y la resistencia para preservar formas distintas de explicar el mundo.
Aunque nació en Paucartambo en 1974, Mario fue inscrito solo por su madre tiempo después, en Andahuaylas. La historia compleja de esta demora registral lejos de su lugar de nacimiento es el punto de partida de Waranqhamaki, una suerte de “Había una vez…” indispensable para echar a andar un universo narrativo.

Una respuesta al abandono
La muerte violenta de su padre en el contexto de las luchas agrarias en el sur andino, la huida de su madre hacia Apurímac para proteger a un hijo recién nacido y la condición analfabeta y explotada de los indígenas no son para el autor episodios anecdóticos.
En conjunto, sumados a otros hechos significativos de sus primeros años, constituyen el fundamento de su escritura.
Desde ‘La vendedora de comida’ –la primera de las diez historias reunidas en el libro, con Saturnino Huillca y la anciana Santusa Wamanripa como protagonistas–, el desplazamiento, la exclusión política, la pobreza y la invisibilidad del indígena entretejen el fondo de las narraciones de Waranqhamaki.
Este libro, en sus versiones en quechua y en castellano, no es una colección de cuentos, sino una respuesta frente al abandono. Estos relatos “proponen otra manera de pensar la relación entre humanidad y mundo –refieren los editores, en el texto introductorio de ‘Diez historias antiguas’–. No como dominio, explotación o acaparamiento, sino como reciprocidad, cuidado o equilibrio”.
– Mario, tú también eres narrador oral. ¿Qué diferencias encuentras entre contar una historia rodeado de personas que te están escuchando y escribirla para un libro?
– En tanto narrador oral, yo escribo en quechua –dice Mario, con firmeza–. Trato de mostrar en mi lengua la cosmogonía de nosotros los indios tal cual es, puesto que históricamente no ha sido bien graficada. Una historia escrita en nuestra lengua refleja la profundidad de los saberes ancestrales.
Continente y contenido al mismo tiempo, la lengua determina una forma de comprender el mundo y enunciarlo. Narrar en quechua no es solo un gesto de reivindicación simbólica, sino que hay formas de pensar y expresar que solo existen plenamente en la lengua en que fueron concebidas.

Identidad y reconocimiento
“Los mismos indios podemos explicar muy bien sobre nosotros”, asegura Mario, que ha venido a la radio con ojotas, chullo, una chakana en el pecho y la vestimenta propia de los indios cusqueños.
“Obviamente, hay intermediarios que hablan por nosotros y lo hacen ‘a media caña’, pero nosotros los indios, hablando de nosotros, creo que es lo mejor para hacer entender a los demás que tenemos una identidad que no ha sido reconocida y hasta hoy estamos en lucha por eso”.
Mario levanta la foto de Saturnino Huillca y comenta que lo conoció de niño, en los años 70, en los 80, en Paucartambo. Lo recuerda chacchando coca, de noche, sentado en un círculo con otros indios, contándoles con emoción sobre las luchas por la tierra. Es probable que desde entonces le venga esa necesidad de narrar. Sí, todo es posible.
“¡Waranqhamaki!”, lo regañaba su madre, de chico, al verlo travieso, movedizo, siempre despierto para el juego. Mil manos, mil gestos que hoy intentan aglutinar miles de voces e historias contra el olvido.
(FIN/Ensayo General)

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