24 de septiembre de 2022
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Ciudadanía y República hipermodernas

Como anticipara Tony Judt hace un poco más de una década: “Algo va mal” y las democracias en las cuatro partes del globo lo resienten cada vez más.

Escribe: Marco Barboza

Acostumbrados como estábamos de la mitad del siglo XX en adelante a considerar la ciudadanía como un estado adquirido y acumulativo, y la República como un hecho fundacional antiguo e inconmovible, no deja de sorprendernos la cantidad de experimentos e hibrideces normativas que surgen en todas partes con una característica recurrente: su tendencia exploratoria, inestable e incierta.

La pandemia del covid-19 primero, y la guerra luego, han radicalizado esta característica, pero están lejos de ser sus causas primeras. Como anticipara Tony Judt hace un poco más de una década: “Algo va mal” y las democracias en las cuatro partes del globo lo resienten cada vez más.

Etnoidentitarismos, populismos, gobiernos cada vez más plebiscitarios, ciudadanías inconformes y enfadadas insurgen con voz fuerte y clara en el Norte y el Sur global. Frente a ello, no parecen eficaces y afiatadas las plataformas convencionalmente asociadas al modelo republicano igualitario.

El espacio de deliberación pública, el paradigma del ciudadano bien informado o el equilibrio del centro electoral aportan poco ante la uberización acelerada de la vida democrática. Esta nueva ágora digital no solo supone ajustes de formatos o dispositivos, implica una auténtica transformación en la forma de expresar, sentir e internalizar la democracia.

Implica también un desplazamiento del clásico contrato social a un compromiso discursivo cultural cuyos tonos más significativos son la fragmentación de la representación, la precariedad de los compromisos y la insatisfacción electoral como constantes.

Insumisa, Intransigente o Regeneración, otrora vocativos de emociones, posturas y búsquedas personales, hoy son nombres de partidos políticos a orillas del Sena, La Plata o Xochimilco.

Este cambio de los articuladores de las demandas y expectativas electorales es fiel reflejo de una democracia que ya no apela a mecanismos redistributivos e igualadores que develen estructuras de los de arriba en favor de los de abajo, sino más bien a poderosas y performativas estrategias de sistemas discursivos que responden a demandas desde la diferencia, desde el sello identitario, desde el sentimiento de los miembros de un “adentro” maleable, multiforme y en constante reagrupación contra un “afuera” siempre hostil, siempre enemigo, siempre distante.

La ciudadanía está siendo reemplazada por usuarios de identificaciones culturales y la República es más que nunca un espacio (re)creado melodramática e imaginariamente.

No hay más determinación de prelación o rasgo emblemático posibles, a despecho de las entregas más o menos recientes de A. Vergara y F. Durand. En un escenario así urge generar mecanismos de comprensión y de diálogo entre y con los nuevos actores y estilos democráticos.

Como dijera Stuart Hall, la tarea en relación con la nueva política “no es pensar, como siempre hicimos, en conservar la fe, tratando de que el terreno no se resquebraje por medio de un acto de voluntad compulsiva, sino en aprender a pensar [e imaginar] de otra forma”.

Nota: Marco Barboza es abogado e investigador visitante. Queen Mary University (Londres).

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