Cuerpo delirante [un cuento de Gabriela Ferrando Verástegui]

Los huesos se iban deformando sin haberlo previsto. Los achaques de Úrsula empezaban a calar en su cuerpo y en su conciencia, recordándole que el tiempo ejerce peso y presión cuando menos lo esperas. De repente, el calcio había comenzado a esfumarse por las riendas de sus ramas y sus raíces habían iniciado el proceso de olvidar las mareas hendidas de satisfacción al ser reemplazadas por penurias de ayuda psicológica. El as de las cartas se le iba ocultando con cada cambio repentino de actitud hacia sus contornos decaídos y cansados.

Educar humillando era ahora la premisa de un cuerpo que no respondía igual, que dejaba desterrada la oportunidad de romance. La respiración iniciaba el proceso de duelo y susurraba grietas de servidumbre y resquemor. Sale caro partir en dos la mirada, una para ver el deterioro y la otra para convivir con ello. Mutilando la espalda con cada movimiento, hecha un ovillo de tristeza, Úrsula buscaba levantarse por amor a sus crías, porque no importaba el sacrificio si es que podía suprimir el dolor por una sonrisa o una mirada dulce de aquellos seres que impartían bondad e inocencia al mundo. Así tenía que asumirlo para no desfallecer.

Dejar constancia de la transformación o la decadencia de un cuerpo luego del embarazo y el alumbramiento estaba siendo la tarea vil de su línea de vida. Decir o no decir lo que vivía estaba determinado por lo que la sociedad mantiene como dogma de fe: «todo el proceso de la maternidad es felicidad», pero en su cabeza la interrogante sufría modificaciones peculiares, ¿era lo que sentía señal de que la vejez aparecía en su senda? ¿Era acelerar la caída? ¿Empinar la columna y experimentar un dolor bajo e intenso? ¿Alzar en brazos a los querubines y moler la muñeca y el brazo en el intento? ¿Dar de lactar sentada y notar las caderas entumecidas? Ya empezaba a caminar jorobada y cansada, ya atinaba a observar el océano cabizbaja y pensativa aunque aún serena, entendiendo su misión y responsabilidad. La marea debía regularse sin golpear las olas de su andar.

Dolor sí, dolor otra vez, dolor una vez más, pero físico, mientras el agua bruscamente se agitaba contra las rocas del peñasco. También cansancio mental por el trajín diario de construir una infancia sana con un cuerpo abrumado. Pero todo lo experimentado perdía valor de repente al pensar en otras circunstancias ¿acaso ella podía imaginar el resquebrajamiento del alma al no poder ser capaz de concebir aún deseándolo con toda el ansia posible? ¿Intentar y perder? ¿Soñar y ver los deseos fallidos? No, no lo imaginaba y no quería apenarse más. Vamos cuerpo, se dijo, levántate, debo curarte, mantenerte y seguir amando. Se dio cuenta de que después de todo, tenía suerte de sufrir solo superficialmente.

Úrsula Chávez

Mamá agotada

DNI XXXXXXXX 

Las heridas profundas no pueden ser contenidas con un poco de algodón empapado en alcohol. Por más que Úrsula apretó la hendidura, la sangre no paraba de brotar del tabique nasal de su hija. La abertura había sido provocada por un golpe contra la punta de la mesa de noche del cuarto matrimonial. Nunca la llevó al doctor, pero, por más que sollozaba al tratar de respirar, la pequeña Sofía no se ahogó. La sangre dejó de caer con tanto apretón desesperado de su madre. Aún así, la cicatriz se quedó para siempre a la vista y paciencia de toda la familia que se acostumbró a ver la huella roja del corte en una niña de dos años.

Con esa herida de batalla, Sofía fue creciendo, era extraño que le gustara esa marca que iba de lado a lado en su nariz y que la desviaba un poco de la línea perfecta que creía tener. La sazón cambió cuando, ya con 12 años, saliendo del colegio, uno de los chicos más avezados del centro educativo, dos años mayor que ella, la empezó a importunar. La mortificó con tanto ahínco que la niña, ya casi adolescente, fue siendo más consciente de su aspecto.

–Los malandros llevan cicatrices– le dijo Ernesto con una sonrisa maliciosa señalando la nariz.

–No todos los que tienen cicatrices son malandros– la respuesta de Sofía denotó una frialdad modelo que le permitió mantener el equilibrio deseado.

–Tu papá sí y ¡qué casualidad!, tú también– la mueca de hostilidad y burla continuaba en la cara de Ernesto quien se atrevió a presionar la llaga más a fondo– ¿Acaso no estuvo preso porque dejó inconsciente a tu mamá con tanto golpe?

En ese momento, solo hubo silencio alrededor de las dos sombras enfrentadas, reflejadas por el sol de la tarde. Tanto los padres que iban a recoger a sus hijos como los mismos alumnos y profesores explotaron en miradas atónitas alrededor de la pareja. Con mucho aplomo, Sofía no presentó ni una sola evidencia de indignación, ni una sola gota de transpiración ni de intento de llanto en el rostro, pero por supuesto, después de esas palabras, aunque trató de respirar y calmar su ogro interno, no pudo con su genio que se activó después de ver la mirada socarrona del niño insolente. Inmediatamente, se le enervaron los brazos y lo agarró a golpes hasta dejarle la misma cicatriz que ella tenía en la nariz. La única diferencia fue que la evidencia de la tunda que le dio a ese ser atrevido quedó marcada también en los labios del bravo Ernestito que luego, más grandecito, empezó a decir que había sido operado de labio leporino, qué vergüenza decir que una niña más pequeña le había dejado tremendo desastre en la cara.

Sofía Bustamante, morena, de ojos marrones oscuros, fue criada con mucho “amor” al alcohol, a la violencia, a la viveza y a las ausencias. Aunque su estatura era baja, su mirada era tan potente que podía atemorizar al personaje más recio de su barrio, imponía respeto y eso lo sabía. <Cuidado con la chiquita, tiene su garra escondida>. Cuando su padre llegaba a casa, solía esconderse, era un as en esos juegos, pero cuando la atrapaba, ahí sí que tenía que hacerse a la idea de que debía ser más inteligente con sus guaridas, empezó a hacerse “bolita” y encajaba hasta en un cajón de ropa. Pero un día ya no lo hizo más y ese momento fue justo al día siguiente de dejarle la cara hecha un desmadre a Ernestito. En el colegio, los compañeros la recibieron con aplausos, ella asistió a clases normales a pesar de que la habían suspendido. Sintió que había obrado bien porque varios le tenían ganas al “vivito”. En la noche recibió a su padre cara a cara, pero esta vez no pasó nada, con las justas su progenitor podía mantenerse en pie, terminó tirado a un costado del sofá, en el piso. El manojo de huesos flojos ni siquiera atinó a encontrar refugio en un poco de espuma vieja. En ese momento, Sofía se dio cuenta de lo lamentable que era ese hombre, ya no importaba confrontarlo. Su indignación se trasladó hacia otro terreno.

Si de buscar la perfección se tratase, la neurosis por conservar lo logrado prevalecería en cada una de las células vivas del organismo. Pero Sofía solo buscaba sobrevivir y en esa línea, no entendía la actitud de su madre. La recriminación se convirtió en un plato que atragantaba a quien le dio la vida, que costaba digerir, palabras ácidas, molestas, intransigentes.  

–Te va a matar, ¿no puedes ser un poco más inteligente para darte cuenta?– insistía Sofía cada vez que tenía oportunidad de incomodar a su madre. 

–Si no lo ha hecho en todos estos años, no lo hará jamás– respondió Úrsula con voz firme, aún así por dentro sus pedazos se iban fragmentando cada vez más. 

–¿Por qué no lo desapareces? Es fácil deshacerse de él, solo fíjate cómo llegó hoy– la furia de Sofía asustaba a Úrsula en demasía, ¿qué estaba criando? ¿Cómo enderezar a un ser que pensaba en las personas como si de basura se tratase?

–¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?– los ojos de Úrsula se llenaron de indignación.

–¿Por qué te haces la recatada?¿Acaso no desapareciste a la abuela?– la pregunta de Sofía solo resaltó el carácter infantil de su hija, al repetir las habituales palabras de recriminación de su padre.

–Tu padre siempre echándome la culpa de la muerte de su madre y ahora ¿tú? 

–Bótalo de la casa mamá, ¿de qué te sirve si ya ni trabaja? ¡Que se vaya!

–Va a sonar gracioso pero mientras haya comida, tu papá no se va a ir– ambas rieron, la tensión cedió un poco, sin embargo el demonio de Sofía volvió muy pronto y un silencio perturbador se impregnó en el ambiente,

–Mamá, espero no ser nunca como tú– la entereza de Úrsula se puso a prueba, pero oportunamente supo ocultar su frustración.

–Está bien hija, espero que no llegues a ese extremo.

(FIN/Ensayo General)

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