HABLA PAUSADO, COMO SI CADA FRASE pasara primero por la memoria antes de llegar a la voz. No creo que sea una pose; entiendo que es la manera en que el cronista Helio Ramos se relaciona hoy con el mundo, en su faceta de escritor y poeta. Con Helio compartimos sala de redacción hace un par de décadas y ahora volvemos a citarnos para charlar sobre ‘Cielo sobre Succhirca’, el poemario que es, también, un retorno simbólico.
Ramos confirma que, en su caso, tanto la crónica periodística como la poesía narrativa nacen de un mismo impulso: la experiencia vivida, el afecto, las primeras personas revelando sus historias, los territorios donde él se formó y las pérdidas que lo marcaron.
En tiempos en que las redes sociales funcionan como biografías abiertas al público, Helio Ramos no esconde nada. En su perfil en Facebook aparecen sus hijos, los libros, la música y una ausencia que lo acompaña sin pausa. Ahí está la huella de lo que ha hecho profesionalmente, como periodista y en sus acercamientos a la literatura. Ese espacio virtual condensa su tránsito: el tipo de las redes es el mismo que escribe y publica, ambos se sostienen en la misma vivencia.
La paternidad atraviesa su palabra con naturalidad. “Soy una especie de ‘papá gallina’”, afirma sin temor a desmarcarse de los estereotipos. En su poesía y en su crónica, el apego y la ternura no son debilidades, sino formas de resistencia íntima. En un mundo de afectos escasos, él escribe también desde la cercanía, desde la protección, desde el amor que se aprende ejerciéndolo. Mira tanto hacia atrás –donde encuentra la imagen de su madre en una Succhirca de ensueño– como hacia adelante, donde están sus hijos y todos sus proyectos.
Esa manera de sentir, explica el autor, debe tener raíces geográficas y familiares. Se reconoce como ‘un hombre del norte’, marcado por el trópico y por la memoria de su padre, “un tipo obsequioso y querendón” que saludaba a medio mundo allí por donde pasaba. “Los pueblos que están más cerca del trópico tienen más sensibilidad afectiva”, opina. Esa herencia emocional se filtra en sus textos.
Al aire, Helio respira hondo y se anima a leer uno de sus poemas en medio de la transmisión de ‘Ensayo General’ por ANP Radio. No es tarea sencilla: la poesía tiene sus propias cadencias, una respiración que va marcando la intensidad de los versos. Elige ‘Princesita’ y narra/declama una primera vez memorable.
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Poesía: mirar hacia adentro
Su libro ‘Gauguin en la avenida Emancipación’ es una muestra de su rigor como cronista. Allí investiga, busca archivos, camina la ciudad y encuentra detalles olvidados, como la publicación de un capítulo de ‘Cien años de soledad’ en la revista limeña ‘Amaru’ antes de que el libro viera la luz. También reconstruye el paso de Gauguin por la capital, ubica la casa donde vivió el pintor y conecta arte, historia y ciudad con una mirada personal, siempre sustentada en el dato.
La poesía, en cambio, le permite mirar hacia adentro. “Esto tiene un correlato que se vincula con mi vida”, explica, al hablar de ‘Cielo sobre Succhirca’. Los primeros nueve años en la localidad de Huarmaca, en la sierra sur de Piura, le dieron una cosmovisión atravesada por lo mágico y lo mítico. Lagunas, cerros sagrados, aparecidos y pueblos originarios forman parte de un imaginario que dialoga literariamente con las tradiciones del norte peruano.
Así, no es casual que su poesía sea narrativa. Ramos nunca se sintió atraído por la rima ni por el verso cerrado. Su puerta de entrada fueron las canciones. “Escuchaba a Morrison, a los Stones, y sus letras me parecían poesía”, recuerda. En el camino, el rock setentero, la salsa dura, la Nueva Trova, los sanjuanitos de la infancia y luego Silvio Rodríguez y Rubén Blades construyeron un oído literario atento a lo cotidiano, a las historias contadas desde los márgenes.
El corazón del libro es el poema que le da título: ‘Cielo sobre Succhirca’. Allí, la figura de la madre se impone con una fuerza silenciosa. “Es un poema elegíaco, dedicado a la madre que acaba de fallecer”, confiesa. Succhirca, ese caserío remoto donde ella vivió sus años más felices, se convierte en un territorio mítico, en un lugar al que se vuelve para entender quién se es. “Ese poema es también un viaje a uno mismo”, dice el poeta.
En esa búsqueda, Ramos propone una idea que resuena más allá del libro: todos tenemos un Succhirca, un lugar –real o simbólico– donde alguna vez fuimos felices y al que regresamos con la memoria, como en ‘Canción de las cosas simples’. El poemario traza “una línea entre el yo pequeño de nueve años y el Helio de la ciudad”, entre el campo y Lima, entre el origen y el presente.
Hoy, Ramos sigue escribiendo. Trabaja en un nuevo poemario y en un libro de crónicas sobre ciudades y personajes: la Buenos Aires de Cerati, el Santiago de Los Prisioneros, la Cartagena de la salsa, la Lima de Ribeyro. Quiere viajar a Lisboa para buscar a Pessoa, “uno o todos en uno solo”. No hay prisa. Como en su poesía, lo importante no es la meta, sino el camino. Y en ese tránsito, sigue escribiendo con la misma sensibilidad con la que mira el mundo.
(FIN) Ensayo General

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