Dos palabras acerca de ‘El gaznapirón’ (novela de Alejandro Sánchez-Aizcorbe)

Alejandro Sánchez-Aizcorbe (escritor y periodista)

El texto a continuación es el resultado de una entrevista que María Ynés Aragonés me hizo con motivo de la presentación de El gaznapirón en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El tiempo nos ganó y no pudimos publicarla. Sin embargo, fue gracias a las incisivas preguntas de María Ynés y a mis primeras respuestas que logré articular un corpus que leí durante la presentación de la novela en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 

El gaznapirón se inicia en una época en que era posible un diálogo como el siguiente:

—A mí, de niño, en la hacienda —dijo el Cojo Manchego—, me criaba mi mama negra. Al principio, en la universidad, era un pituco más, un bacán, un maldito. Manejaba un carrazo de ocho cilindros, recogía putas, me cagaba en la tapa del excusado. Hasta el día de hoy, Branca, el demócrata cristiano, me enrostra lo que dije la vez que nos vino a hablar de la cuestión del indio.

—¿Qué fue lo que le dijiste? —preguntó, toqueteándose la albóndiga del cogote, Manolo de Ávila, que conocía la respuesta pero quería que la supieran quienes aún la ignoraban.

—Le dije: «El problema del indio se soluciona matando a los cinco millones de indios» —el Cojo Manchego mostró los cinco dedos de la mano derecha, acromegálica debido al uso de muletas y bastones.

El gaznapirón no es una secuela de El gaznápiro de 1995. Aunque guarda cierto parentesco textual con aquel precedente, constituye un relato nuevo que, a partir de una situación particular, procura insertarse en el mundo. Es un texto épico, picaresco, trágico, hedónico, sobre el paso del espíritu esperanzado de la postguerra a la distopía del Antropoceno. Es una historia sobre la juventud, el amor y el Poder. El gaznapirón nos toca a todos. No sólo a los latinoamericanos.

El absurdo, la irracionalidad y la sevicia circundantes angustia a los jóvenes. Golpe tras golpe se van volviendo viejos y resignándose al callejón sin salida de lo que sus mayores llaman “condición humana”. Tal resignación, antigua y perversa, es una de las causas de la distopía actual. Pese a ser una tautología, está de moda la frase “Es lo que es” (It is what it is). Julián Pérez de Almavera, uno de los personajes centrales de El gaznapirón, no se conforma con el lugar común y prefiere decir: “Será lo que debe ser.” Su contraparte, el Flaco Romualdo, que acaba muerto en la neblina de una playa del Sur, renuncia precozmente a la vida definiéndose como un Yo-no-soy.   

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Sánchez- Aizcorbe radica en Estados Unidos. Foto: Difusión.

 El tiempo, la historia y la investigación me han permitido atar los cabos que faltaban en aquel antecedente textual de 1995 y, espero yo, ejercer la justicia poética. El gaznapirón es una autobiografía del ser y del no-ser latinoamericano, del ser y del no-ser de una población planetaria que se ha uniformizado en cuanto a hábitos de consumo, bolsones de pobreza, ultraviolencia, esperanzas, angustias, calentamiento global, fundamentalismos. 

En lo artístico y lo espiritual hemos entrado en una etapa decadente que habremos de superar con un nuevo Renacimiento.  

El gaznapirón muestra los orígenes de la situación actual, que por nada del mundo queríamos que ocurriera. Muestra las consecuencias que, desde mediados del siglo XX, sucesivas generaciones de artistas y científicos profetizaron como inevitables, si los gobiernos y las empresas privadas del planeta no cambiaban de rumbo. No cambiaron de rumbo. Ahora, lo intentan. Ojalá que no sea demasiado tarde. La empresa privada y el Estado deben armonizar su actuación en beneficio de toda la humanidad. El calentamiento global está golpeando y golpeará con mayor severidad a los más pobres. Es una obligación evitar que ello siga sucediendo. De otro modo, viviremos, y en muchos casos ya estamos viviendo, en burbujas socioeconómicas rodeadas de bolsones de miseria, de ghettos donde la vida vale poco o nada.  

En los años 60 y 70 del siglo pasado, intuyendo lo que ahora se nos ha venido encima, los jóvenes protagonistas de El gaznapirón escogen la vía revolucionaria que la China y la Unión Soviética les proponían como panacea para todos los males. ¿Por qué optaron por el radicalismo esos jóvenes? Porque lo que sus mayores les habían legado era ya en aquel entonces un desastre, un insulto a la inteligencia, una afrenta ética. Insisto en referirme a la pobreza, al hambre, al calentamiento global, a la guerra, a las migraciones forzadas, a los refugiados climáticos, a los 50 millones de esclavos en pleno siglo XXI, a las decenas de miles de muertos en el Mediterráneo, en la frontera con los Estados Unidos, a los cientos de miles de desaparecidos en México. Me refiero a las extorsiones y bestiales asesinatos ordenados desde las minas de oro del 88 en Venezuela por el Tren de Aragua contra empresarios peruanos y chilenos. Insisto en referirme a estas desgracias porque resulta suicida desconocerlas o esconderlas detrás de un plato de comida más o menos sofisticado. 

Una de las pestes que debemos controlar es la guerra. Durante la guerra no florecen las economías. Hoy en día, la guerra no se limita a conflictos internacionales o a guerras civiles clásicas. En los estratos más pobres del Perú, de Brasil, de México, de Estados Unidos y de otros países existe una guerra endémica que, por su capacidad de fuego e influencia política local, no se puede encasillar en lo que llamábamos delincuencia común. 

La inmensa población del planeta demanda unos gobiernos capaces de superar, en relativamente poco tiempo, los errores que nos han conducido a la encrucijada actual. Debemos conseguir, ahora, que las democracias saquen de la pobreza extrema y de la pobreza a grandes sectores de la población mundial, y que al mismo tiempo enfrenten decididamente el fenómeno del calentamiento global, evitando por todos los medios posibles que sean los países más pobres los que sufran las peores consecuencias. Si no lo hacemos, nos gobernará la tiranía, el partido único, la teocracia, el nazismo, las mafias. O nos gobernará la distopía pura como ya ocurre, por ejemplo, en Haití. Conocemos los resultados objetivos de ese tipo de gobiernos.

Lo que acaba de suceder en Francia es tan sólo una pequeña muestra de los extremos distópicos que nos esperan a la vuelta de la esquina si no optamos por evitar la mayor pauperización y lumpenización de sectores enormes de la humanidad. El número de refugiados climáticos y económicos puede tornarse inmanejable como ya está sucediendo en el Mediterráneo. 

Sin la elevación sustancial del nivel de vida de la gente no superaremos la guerra, el sicariato ni la informalidad que asola a países enteros en varios continentes. Es inaceptable, por ejemplo, que países como Colombia, Perú y Bolivia estén condenados a producir y exportar cocaína a Estados Unidos, Canadá y Europa. La producción de cocaína distorsiona nuestras economías, destruye a nuestros jóvenes y corrompe al Estado, inclusive, como es lógico, a las fuerzas armadas.

En El gaznapirón narro con detalle la macabra transformación que sufrimos al permitir que la cocaína se convirtiera en un vicio y en una fuente de ingreso, comenzando por San Isidro, Miraflores y Monterrico —para no hablar de la pasta básica. Uno de los personajes centrales de mi novela, el Flaco Romualdo, un muchacho brillante, fallece a causa del consumo de drogas. A los hermanos Cook, que eran atletas naturales, les sucede lo mismo y peor: acaban en los Barracones del Callao, uno de ellos asesinado de dos balazos en la espalda y arrojado a la calle en un saco de arroz. 

Cuando el paquetito de cocaína se deja detrás del espejo del baño para que los invitados se sirvan, se forma una cola desvergonzada, ¿no? ¿Cuánto nos cuesta esa cola? ¿Cuánto dinero? ¿Cuántas vidas? ¿Cuánto sufrimiento?

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La novela fue presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires. Foto: difusión.

El extremismo político en que recalan los jóvenes de El gaznapirón es consecuencia de la desatención de los gobiernos a las necesidades básicas de la gente. Los fenómenos narrados en El gaznapirón no se limitan a América Latina sino que encarnan hechos universales. La paz trae desarrollo, y el desarrollo brinda felicidad. Esto es lo contrario de la pobreza y de la violencia que hoy en día, entre otros flagelos, experimentan países como Perú, Venezuela, Ecuador, Chile, Colombia, México, Brasil, Argentina, y las franjas de bajos ingresos en los Estados Unidos y en otros países avanzados, independientemente del partido o alianza política que esté en el poder. 

Vivo en Baltimore, la cuna de Edgar Allan Poe, la ciudad más violenta de los Estados Unidos. En el barrio en que vivo la delincuencia es casi nula. Pero a treinta minutos de viaje en auto comienza el infierno del ghetto de negros, del ghetto de pobres. La pobreza y la violencia ocurren al mismo tiempo en los mismos lugares. Hay sitios y momentos históricos en que los jóvenes optan por matar y matarse, alienados por una ideología o simplemente por desesperación. 

¿Qué opciones ideológicas tenían los jóvenes universitarios de El gaznapirón ante el insulto de la miseria cotidiana? ¿Opciones nacidas del análisis científico de la realidad? ¡Qué va! Las opciones eran la librería pekinesa o la librería moscovita, las sentencias de pensadores y políticos del siglo XIX que no sabían nada de América Latina. Frente a la miseria, los jóvenes de El gaznapirón no apuntan a ninguna salida racional en lo económico, sino que se refugian en la ciencia infusa del leninismo, del stalinismo y del maoísmo, cuyas políticas económicas habían causado decenas de millones de muertes en la Unión Soviética y en China.

A la brutal irracionalidad expresada en los cientos de millones de vidas perdidas en las dos guerras mundiales, los protagonistas de El gaznapirón optan por la panacea del stalinismo, del maoísmo y del castrismo, pensando que las hambrunas y la represión en la Unión Soviética y en China eran inventos del Satán capitalista. Aún hoy en día, ciertos sectores y partidos políticos insisten en glorificar a los gobiernos de China y de Rusia, como si fueran alternativas al capitalismo, como si no funcionaran como capitalistas a ultranza, en nada mejores que los modelos que se vieron obligados a imitar para no desaparecer. 

Hace algún tiempo, el sacerdote argentino César Sánchez-Aizcorbe, primo hermano mío —en quien se basa uno de los personajes de El gaznapirón—, buen amigo del papa Bergoglio, escribió que ninguna revolución justificaba un millón de muertos. Matar para conseguir una utopía significa más de lo mismo, una nueva resignación a la condición humana, a Caín y Abel, al Antiguo Testamento.      

Sendero Luminoso, que aparece en El gaznapirón, fue asimismo una consecuencia tanto de la adopción alienante del maoísmo como de la incuria nacional e internacional respecto a la pobreza, que en el Perú nos costó aproximadamente 70,000 vidas- 

La guerrilla foquista impulsada por Fidel Castro en América Latina nos ha costado cientos de miles de vidas y no ha logrado nada salvo represiones brutales y migraciones dolorosas. El guerrillerismo fue también una consecuencia de las falsas opciones para solucionar el problema de la miseria. Yo estoy contra el embargo a Cuba y por su plena inserción en la economía global. Pero no olvidemos que Fidel Castro, al permitir que el Kremlin emplazara misiles nucleares en Cuba, propició el momento en que la humanidad estuvo más cerca de un holocausto nuclear, y, temiendo que Kennedy ordenara invadir Cuba, Fidel Castro envió una carta a Khrushchev en que le pedía que atacara con bombas nucleares a los Estados Unidos. 

¿Alguna vez pidió disculpas Fidel Castro por ese tremendo error, o por el error de haber fomentado la aventura guerrillera en América Latina? No pidió disculpas. Al contrario, se mostró contumaz, al igual que quienes lo endiosan desde el gobierno de la isla. 

¿Qué habría sucedido si la energía de esos cientos de miles de vidas perdidas en la represión de las guerrillas se hubiera invertido en la producción, en el progreso, en la ciencia, en el arte? ¿Existía para esos jóvenes la alternativa inmediata del progreso, del empleo, de la felicidad? Creo que no. Perdimos mucha juventud y mucho futuro en esas masacres. 

Por otro lado, ¿alguna vez pidieron disculpas quienes por su ineficiencia, por su irresponsabilidad y por su corrupción allanaron el terreno para que el descontento social desembocara en la tragedia guerrillera? Tampoco. Ahora, víctimas de su propia soberbia, se dedican a condenar la protesta social con el sambenito del comunismo. Las protestas no existirían si hubiera oportunidades de empleo digno, hospitales y educación suficientes. 

Semejantemente perdidos en cuanto al reconocimiento de la realidad se encuentran quienes se limitan a la crítica sin ofrecer alternativas macroeconómicas viables. Los insultos de una y de otra tienda revelan una miseria intelectual que no conduce a ninguna parte salvo al fracaso. Y no podemos darnos el lujo de fracasar de nuevo. 

Por su lado, a pesar de sus luces, Occidente y Estados Unidos también son históricamente corresponsables de lo que se vivió en aquellos años, tanto como los gobiernos latinoamericanos marcados por la ineficiencia y la corrupción. ¿Alguna vez Washington ha pedido perdón por los dos y medio millones de vietnamitas muertos, o por la inutilidad de la guerra en Irak y en Libia, y por los cientos de miles de vidas perdidas en dichos países? 

“Todos somos culpables”, escribió Dostoyevski, y no se equivocó. La República Bananera o Banana Republic resulta de la asociación entre los gobiernos bananeros y las empresas bananeras. Y no pocos la lucen orgullosos como prenda de vestir y signo de distinción.

El gaznapirón es un relato sobre las buenas y malas costumbres de la humanidad. En El gaznapirón hay personajes de todos los sectores y estamentos —inclusive un provincial jesuita de apellido Bergoglio, que ahora es el sumo pontífice. Ojalá que esta novela funcione como una pantomima psicoanalítica, satírica, erótica, que produzca en el público un efecto liberador, cuajado en la risa y en el llanto, en el orgasmo y en la muerte. 

Me gustaría pensar que esta obra mía ayudará a repetir el Nunca más de Ernesto Sábato, y a llevar en la conciencia el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación sobre el conflicto armado interno en el Perú. 

Ya no hay tiempo ni lugar para los errores trágicos del pasado. Nos jugamos la supervivencia de la humanidad. Einstein dudaba de sus ecuaciones mas no de la estupidez humana. Aplicando su certeza, yo no dudo de la estupidez de los gobiernos. De allí que las democracias deban afinar los mecanismos de control de sus gobernantes. No basta con votar cada cierto tiempo. Si queremos sobrevivir, tenemos que fiscalizar constantemente a las personas que hemos elegido como gobernantes. Ellos se deben a nosotros y deben comportarse a la altura de nuestras expectativas y de las exigencias históricas. 

La impunidad no es una opción. En el Perú, de debe procesar y castigar, sean quienes sean, a los responsables políticos y operativos de las 56 muertes de manifestantes desarmados.  Y desde aquí condeno enérgicamente la vergonzosa actuación de Vargas Llosa al apoyar al gobierno de Dina Boluarte y omitir toda mención a la necesidad de castigar a los responsables de las muertes de 56 peruanos.

Aspiro a que, siendo sin duda un relato, El gaznapirón trascienda el género para convertirse en historia nuestra: Un banquete de mendigos con buenos modales y crueldad sin par que acaso termine a cuchilladas. O que termine bien, siempre y cuando se cumpla el deseo de Victor Hugo, que hacia el final de Los miserables escribió: “En cuanto a mí, ya no tengo más opinión política; que todos los hombres sean ricos, es decir felices, he ahí a lo que me restrinjo.” 

En esta novela he sido duro con el Perú que amo, con el Perú de Arguedas, que me enseñó a no callar y a respetar la civilización. Con el Perú de Pararín y Huaraz, con el Perú de los buzos y de los Andes, del Callao y Oxapampa, de La Punta y Santa Cruz, de Toquepala y Tacna, de Pachacámac y El Silencio, y tantos otros barrios, playas, cerros y pueblos. Por eso me he atrevido a decir: “Allí donde se reunían dos peruanos se formaba un basural. Si no tenían qué tirar al suelo, escupían. No todos los seres humanos eran peruanos, pero los peruanos eran la quintaesencia de la humanidad.” La extensión de este fraseo incluye el Océano Pacífico, el Mississipi y el Amazonas. Los peruanos no somos mejores ni peores que nadie. Somos perentoriamente humanos y debemos corregirnos. 

Me confieso optimista a rajatabla: La solución de los conflictos del Perú depende de la conducta de los peruanos y de la comunidad internacional. En un país como el nuestro, que ha multiplicado su producto bruto interno varias veces gracias a sus esforzados habitantes, casi todo es posible. Pero no saldremos del atolladero si no reducimos hasta límites manejables los índices de informalidad, anarquía, pobreza, corrupción, violencia, narcotráfco, lavado de activos, minería y tala ilegales, feminicidios, homofobia, asesinatos de dirigentes de los pueblos originarios. La historia nos está cobrando la factura por excluir de nuestra actividad económica lo ético, lo ambiental. No podemos resignarnos a la condición humana. 

Esta época se puede llamar el Gran Desafío. Aceptémoslo y comportémonos con la altura necesaria. Una de las batallas decisivas será la de la Verdad. Las fuerzas oscurantistas, cristalizadas en fenómenos como el trumpismo y sus imitadores, el neonazismo, la criolla y esperpéntica Resistencia en el Perú, y los cuenteros de la postverdad, hacen lo posible y lo imposible por ocultar lo evidente. Se quitan la mascarilla en plena pandemia llevándose al hoyo quién sabe a cuantos. Recomiendan ingerir cloro para curarse del covid; hacen lo imposible por tapar con un dedo el Sol del calentamiento global. Esa gente no ve más allá de sus narices, y lo cierto es que no les interesa ver más allá. En el fondo, son fatalistas ingenuos, no por ingenuos menos peligrosos. Se conforman con sus propias vidas. Ni siquiera piensan en las de sus hijos. 

No nos comportemos nunca más como algunos de los protagonistas de El gaznapirón, ni como aquellos que desean reproducirlos por ignorancia, por sectarismo o para llenarse ilegalmente los bolsillos.

Muchas gracias. 

(FIN/Ensayo General)

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