24 de septiembre de 2022
“Soy un autodidacta y un soñador” / Javier Arévalo
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Javier Arévalo: Necesitamos un shock para la promoción de la lectura

"En los municipios y colegios solo hay estantes con libros y lo que se necesita es un servicio de biblioteca"

Si se trata de resumir, el escritor Javier Arévalo se describe con cuatro palabras: un hombre con suerte. El camino comienza con sus padres, “una pareja genial” que le enseñó, en el día a día, lo placentero del acto de leer.

En la capital de hace cincuenta años, creció sin presiones en un mundo familiar donde ‘Mecánica Popular’, ‘Vanidades’ y ‘Condorito’ compartían espacio con la poesía, la ciencia y la literatura.

Periodista, fotógrafo, guionista y editor –entre otras facetas–, Arévalo reconoce que fue un niño privilegiado: tuvo la posibilidad de recibir todos los libros que quiso. Sin tapujos, describe a su padre como ‘un genio autodidacta’, un mecánico de costosos autos de carreras cuyos clientes “o eran burgueses o eran narcos”.

A la par, su madre nunca le prohibió nada. Y alimentó su voracidad por la lectura.

Hoy, en la azotea de la casa familiar de Jesús María, y después de recorrer varios mundos, Javier ha construido su espacio: un minidepartamento repleto de libros, geranios, un gato, un perro y una terraza que le permite sentir el frío o el sol de manera libre, humana: “Soy un autodidacta y un soñador”.

Para Arévalo, la experiencia escolar fue de extremos. Primero, en un colegio de barrio, dos maestros nada tradicionales le daban clases en el bosque de Jesús María y le hacían correr y cantar. Después, en un colegio de religiosos, vivió una pesadilla surrealista: lo castigaban por ir a la biblioteca.

A los 14 años decidió ser escritor. “Nací para escribir”, afirma. Ahora, a los 55 años y en medio de la pandemia, se estrena en el uso de una agenda para registrar todas sus actividades.

Escribe “como loco” y monta una motocicleta para entregar libros a niños que lo reciben con emoción. Cuando concreta una entrega, algunos de estos pequeños lectores lo reconocen como el hacedor de algunas de sus fantasías.

Novela gótica, libros para niños y jóvenes, fotografía, empedernido del Facebook, admirado y criticado por algunos comentarios políticos ¿Cómo se describe Javier Arévalo después de dos años de pandemia?

– La pandemia hizo que se agudizaran los trastornos y las condiciones mentales. Yo he pasado por una depresión profunda a los 30 años y nunca más volví a exponerme a aquellas cosas que me la generan; por eso me he divorciado, no pertenezco a ninguna empresa, genero mis proyectos, que siguen una línea, y, evidentemente, durante la pandemia aparecieron los momentos de ansiedad. Tenía temor a deprimirme.

No se despertó la depresión, pero si la abulia, el desgano, esa angustia de sentir que estamos remando otra vez. A los 55 años, volver a remar… Entonces tuve que descansar. En pandemia he trabajado como un loco, sin horarios, haciendo talleres, todos los días escribiendo, pero hubo un momento en que tuve que parar. La pandemia ha agudizado al tipo que soy: ese que escribe, lee, piensa y ama tener proyectos.

Se pierde la cuenta de todos los libros y proyectos que has impulsado. Has pasado de la novela al comic, eres un activista en redes sociales, tus libros para niños tienen miles de seguidores. ¿Dónde te sientes más cómodo?

– Yo me siento cómodo haciendo lo que quiero hacer en cualquier momento. Salvo el haber decidido ser escritor a los 14 años, todo lo demás vino y no me incomoda. Puedo diseñar departamentos, soy emprendedor social, he fijado la meta nacional de lectura de este país, con mi exesposa hemos construido 50 bibliotecas, ganamos premios internacionales como gestores culturales, he hecho de todo. Pero nunca salgo del mundo que me interesa, de la búsqueda del desarrollo de habilidades mentales, de lograr que los niños accedan a lo mismo que logro Javier Arévalo gracias al acceso a la lectura.

También soy motociclista, puede ser que no tenga nada que ver, pero sin ese componente no estaría completo; soy productor de conciertos, puedo hacer cualquier cosa que tenga que ver con la parte creativa.

El motociclismo completa su vida / Fuente: Facebook Javier Arévalo

 ‘El misterio del pollo en la batea’ es una de tus novelas infantiles más exitosas. El protagonista, Rafael, es también héroe de otras novelas. ¿Vas a convertir tus obras en sagas?

– No, no fue planeado, fue un azar. En mis novelas para adultos los personajes están conectados. En lo infantil, Rafael, el personaje, empezó a tener más aventuras, empezó con ‘El Misterio del pollo en la batea’, después bajó a ‘Mi papá le teme a la oscuridad’ y ‘La tía Levita”. Y cuando los niños me preguntaban “¿Qué sigue?, ¿Por qué no escribes una segunda parte?”, yo les decía: no hay segunda parte; si se les ocurre algo, díganme.

Pasó el tiempo y escribí ‘Sánguche ha desaparecido’, donde se perdió un perrito y el problema lo resuelve Rafael. No es adrede, no es planificado; si no, saldría un libro cada año. Pero ‘El misterio del pollo en la batea” se ha paseado por todas partes.

Obras / Fuente: Facebook Javier Arévalo

Ese libro formó parte de planes lectores de colegios en 12 países de América, desde México hasta Argentina.

– Si, estuvo en 12 países, pero la editorial Norma se ha ido retirando por diferentes motivos, tifón, pandemia, quiebras. Hoy está en Colombia, México, Perú, Honduras y Puerto Rico. Todo terminó hace 2 años con la pandemia. La editorial San Marcos quebró y se ha ido del Perú, el camino ha sido duro para las editoriales.

¿Cómo logras enganchar a los niños, en un ambiente contaminado por lo electrónico?

– El problema no es el acceso a otros medios de distracción, porque la literatura también distrae. El problema es que solo tengan la opción del acceso al aparato sin haber desarrollado un hábito lector.  Mi hijo puede leer en el teléfono, en el iPhone, en la computadora, en el papel, lee donde puede porque tiene el hábito desde pequeño. 

En el país no se promueve el hábito lector, los peruanos hemos estado 200 años excluidos, porque durante toda la República no se ha asegurado el acceso al libro y a la lectura, a través de un servicio de biblioteca escolar.

En el Perú sólo lee el niño al que le pueden compran un libro. Eso es injusto para un niño peruano, porque, por ejemplo, en Canadá un niño va a la biblioteca de su barrio, de su colegio, y se lleva 15 libros para el fin de semana.

El niño no se pierde porque tiene un iPhone, sino porque le dan ese aparato para que se entretenga y no fastidie, porque tenemos una población de padres que, con una educación sexual precaria, tuvieron hijos sin haberlo querido y transitan entre la ambigüedad de darles cariño o sentirlos como carga. Los padres no saben qué hacer con los hijos y les dan un celular para que jueguen.

No hay practicas lectoras, ni de los padres ni de los profesores. Los profesores son los mismos niños que hace 30 años no tenían un libro y que no han desarrollado hábito lector.

Junto a Oswaldo Reynoso, eres uno de los padres del amado y cuestionado Plan Lector. ¿Cómo se anima a los niños a leer, a buscar ese placer? Tuviste experiencias con profesores que no sabían leer. ¿Qué te marcó?

– Lo que me golpeó profundamente fue ir a un colegio como el Bartolomé Herrera y no poder conversar con los chicos de secundaria, porque no se les entendía, porque no podían hablar, porque su escritura era muy precaria.

En el 2002, en la Comisión para el Cambio de Aprendizajes de Lengua y Literatura a todo Nivel del Ministerio de Educación, también me impresionó el nivel de incompetencia de algunos profesores para escribir, para expresarse en forma escrita. Después fue una maravillosa sorpresa ver cómo, concentrados y con tiempo, alcanzaban niveles adecuados de competencias.

Lo único que necesitaban para aprender de manera eficiente era tiempo, cariño y ternura. En una situación de aprendizaje tiene que haber juego y participación. Primero los maestros se ofuscaron cuando se les dijo que su nivel de competencia era inaceptable, pero después lo asumieron y aprendieron.  

¿Qué hacemos ahora con miles de niños en pandemia, niños que no han tenido acceso al libro, tampoco a internet, y que han perdido mucho?

– Necesitamos un shock en el campo educativo, una transformación. Debemos detener todo y ponernos a jugar, espacios donde los profesores y alumnos jueguen, porque los juegos te interesan y aprendes.

Yo planteaba la construcción de un libro que hablara de una moto, ¿cómo es una moto? ¿cómo funciona? ¿cómo desarmarla? Entras a un salón y preguntas: ¿Les interesan las motos? Si alguien dice ‘no’, le preguntas: ¿A ti qué te interesa, la ropa? ¿Has visto cómo se viste un motociclista inglés, son diferentes a los japoneses y los norteamericanos? ¿Has visto la película ‘El rebelde’? Todo te conduce a historias, a mecánica, a números.

Esto ya ocurrió en Finlandia, donde los chicos hacen sus proyectos. Los japoneses cultivan su comida, limpian su colegio, sirven a sus amigos, y, así, en otros países. Parece muy difícil, pero hay que empezar.

Aquí, en las bibliotecas no quieren prestar los libros para la casa con el argumento de que los van a malograr o no los van a devolver…

– Esa mentalidad debe acabar, hay que trabajar, jugar y explicarles a los niños, ponerse de acuerdo con ellos. No hay que tener miedo a que los libros se pierdan o se rompan. Esa mentalidad es la de quien entrega un juguete a un niño y le dice: No lo toques, no lo vayas a malograr.

El problema es que el adulto ha sido formado por una escuela castradora y aterrorizadora, vertical, militarizada, religiosa, dogmática. Romper eso implica ponerse a jugar. Pero no lo pueden comprender porque ya están adoctrinados; llevar a las personas a tomar conciencia de las cosas es muy difícil.  

Lo sorprendente de la meta nacional de lectura es que la norma dice que el niño debe entrar a una biblioteca, pero en este país no existe un sistema de bibliotecas escolares.

En este ámbito, las cifras son preocupantes: menos del 25% de los gobiernos locales tienen bibliotecas; en 492 bibliotecas sólo hay 41 profesionales.

– Lo que hay en los municipios, en el colegio, son estantes con libros. Es preciso decir que se necesita un ‘servicio de biblioteca’ con presupuesto, con compras anuales, con estrategia de animación de la lectura e interrelación con los profesores, un centro donde converge toda la escuela.

         Lo que existe hoy, lamentablemente, son depósitos cerrados llenos de libros precarios. Un ejemplo es la Biblioteca de Pueblo Libre, un espacio lleno de ácaros, donde el señor que atiende tiene las manos enfermas y nadie lo respalda. En Jesús María, por Navidad todo está lleno de arbolitos y lucecitas de colores. ¿Tú crees que compran un libro para la biblioteca? ¡Nunca!

La construcción de un libro requiere inspiración y trabajo. Puedes tener el inicio de una novela en un café, como te ocurrió con ‘Mi papá le teme a la oscuridad’ o en diez años, como en ‘Los niños góticos’. ¿Qué nos ofrecerá a futuro Javier Arévalo?

– Terminé una novela de adultos y no sé qué hacer con ella. Voy a sentarme a escribir una saga de cómics, ahora también me estoy dedicando más a la labor de editor. Voy a escribir, me pagan por escribir, soy el hijo de un obrero, no soy Bryce, que dice “Escribo para que me quiera la gente”. Yo escribo para que compren mis libros, de eso vivo.

He trabajado 15 años para que la ley que reconoce y fomenta el derecho a la lectura y promueve el libro, la Ley Nº31053, tenga ese enfoque para que los niños tengan acceso al servicio de lectura.

Las exoneraciones y la bajada de impuestos sólo ayudan a la industria, lo único que genera lectores y hábito lector es tener bibliotecas, con asistencia, que usen en modelo lector de promoción y promuevan la animación a la lectura.

(FIN/Ensayo General)

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