Escribe: Claudia Arroyo
Antes de encontrarse con las más de 150 obras que conforman Lengua materna, el visitante atraviesa una antesala silenciosa en la sala Germán Krüger Espantoso del ICPNA de Miraflores.
Allí, sobre una pared blanca, lo reciben las palabras del curador Miguel A. López, quien presenta a Nereida Apaza Mamani como una artista capaz de borrar las fronteras entre la memoria personal y la historia colectiva. A pocos pasos, un poema titulado Mensaje grave ocupa otro de los muros, invitando a reflexionar sobre la verdad, la memoria y el olvido antes incluso de ingresar a la muestra.
Junto a estos textos se despliega una serie de pequeños cuadros bordados que anticipan algunos de los elementos recurrentes en la obra de la artista: árboles, úteros, semillas, ramas, aves y objetos domésticos construidos con telas, hilos y costuras. Estas piezas funcionan como una puerta de entrada al universo visual de Apaza Mamani. Solo después de recorrer este primer espacio, el visitante desciende por una escalera que conduce a la sala principal.

Abajo, el silencio cambia de forma. Ya no es el silencio de una sala vacía, sino el de decenas de personas observando.
Entre ellas está Tania, una estudiante de Artes Plásticas. Recorre la exposición sola. Se acerca a los cuadros, retrocede para observar las obras completas y vuelve a aproximarse para examinar las costuras.
Lleva varios minutos detenida frente a un bordado pequeño cuando una madre y su hija adulta pasan a su lado comentando en voz baja los detalles de una pieza. Más allá, una mujer llamada Liz recorre la muestra junto a una amiga. Todas han llegado por caminos distintos hasta el mismo lugar.
Quizá por eso no resulta extraño que gran parte del público estuviera conformado por mujeres de distintas edades y procedencias. Algunas llegaron desde distritos alejados del centro cultural limeño, atravesando una ciudad fragmentada por las distancias y el tráfico. El trayecto desde distritos como Comas hasta Miraflores puede tomar más de una hora y media en una tarde cualquiera. Entre buses llenos, avenidas congestionadas y el apuro de llegar antes de las siete de la noche, cuando las puertas comienzan a cerrarse, la visita a una exposición también se convierte en una travesía urbana.
La transición es evidente. Desde el movimiento incesante del norte de Lima hasta las calles más ordenadas y tranquilas de Miraflores, el recorrido expone dos realidades que conviven en la misma ciudad. Sin embargo, una vez dentro de la sala, esas diferencias parecen difuminarse. Las visitantes observan con detenimiento cuadernos bordados, fotografías, pinturas e instalaciones que reconstruyen historias familiares, migraciones y memorias compartidas.
Es entonces cuando cobra sentido la propuesta curatorial. Lengua materna ofrece una mirada profunda a la obra de Nereida Apaza Mamani, artista arequipeña cuya producción se ha caracterizado por entrelazar la experiencia personal con problemáticas sociales y políticas.
Según Miguel A. López, su trabajo desdibuja las fronteras entre la poesía y el documento, entre la memoria íntima y la historia colectiva, para reflexionar sobre temas como la educación, la migración, la discriminación, la violencia política y las formas en que estos procesos marcan los cuerpos y las identidades.

El título de la exposición hace referencia tanto al lenguaje aprendido en la infancia como a la herencia afectiva y cultural transmitida por las mujeres de la familia. En ese sentido, el bordado aparece no solo como una técnica artística, sino como una forma de conocimiento y expresión que atraviesa gran parte de la obra de Apaza Mamani.
La primera concentración de visitantes se forma frente a una obra de gran formato. Sobre una pared completa se extiende una composición construida con cientos de piezas de papel intervenidas con acuarela, semejantes a ladrillos ensamblados. Entre ellas destaca una pregunta: “¿De qué parte de Puno eres?”.
Frente a la obra está Maribel.
Ha llegado sola y lleva varios minutos acomodando su teléfono celular. Retrocede unos pasos, revisa la pantalla, corrige el ángulo y vuelve a intentarlo. Su presencia parece dialogar visualmente con la muestra. Viste distintos tonos de rosado y lleva lazos que combinan con los colores predominantes de varias piezas expuestas: verdes menta, rosados suaves y marrones.
Sonríe a la cámara, inclina ligeramente el rostro y prueba distintas poses.
A cierta distancia, Liz la observa.
– Es una falta de respeto lo que hace –dice en voz baja a su acompañante.
La escena dura apenas unos minutos, pero deja en evidencia una tensión frecuente en los espacios culturales contemporáneos: la convivencia entre quienes buscan contemplar las obras y quienes también desean registrar su paso por ellas. Mientras Maribel revisa satisfecha las fotografías obtenidas, la pregunta escrita en la pared continúa allí, rodeada de acuarelas y fragmentos de memoria, interpelando silenciosamente a cada nuevo visitante.
Tania permanece más tiempo frente a otra pieza. Se trata de Síndrome de Turner 2, una obra compuesta por dos grandes paneles textiles instalados uno junto al otro.
En el primero, decenas de pequeños vestidos confeccionados en tela rosada cuelgan de diminutas perchas sobre un fondo estampado con flores, formando una cuadrícula que recuerda un armario ordenado o una colección de prendas infantiles. Frente a él, un segundo panel repite la misma disposición seriada, pero reemplaza los vestidos por representaciones tridimensionales de vulvas cosidas en tela.
La repetición de ambas formas establece un diálogo visual entre la ropa y el cuerpo, entre aquello que se exhibe socialmente y aquello que suele permanecer oculto. Los tonos rosados dominan la composición, mientras las costuras, pliegues y relieves hacen evidente el trabajo manual del bordado y la confección.
La referencia al síndrome de Turner –una condición genética que afecta exclusivamente a mujeres y que se produce cuando uno de los cromosomas X está ausente total o parcialmente– introduce además una reflexión sobre la construcción del cuerpo femenino, las expectativas asociadas a la feminidad y las diversas experiencias que pueden existir dentro de ella.

La madre y su hija se detienen luego frente a Dictado (2012). Desde lejos parece una pared cubierta por antiguos cuadernos escolares. Al acercarse, descubren que las páginas no son de papel: están hechas de tela y cada palabra ha sido bordada puntada por puntada.
Poemas, definiciones, ejercicios de conjugación y frases repetidas como castigos escolares conviven con ilustraciones de cuerpos y cabelleras que se expanden sobre la cuadrícula. En una página se repite una y otra vez la frase “El pensamiento no sabe nada” hasta que las palabras comienzan a desaparecer. En otra aparecen ejercicios de conjugación: “Yo no soy madre”, “Él no es diestro”, “Vosotros no sois pobres”.
También surgen definiciones escolares: “Silencio: falta de ruido”. “Paciencia: virtud que hace soportar los males con resignación”.
Más adelante aparecen poemas. Uno comienza con la frase “No hay un dios”. Otro recuerda a mujeres de la memoria familiar. La escritura deja de ser tinta sobre papel para convertirse en hilo sobre tela. Cada página parece conservar una lección distinta, pero juntas construyen una reflexión sobre la educación, la memoria y las formas en que el lenguaje moldea la manera de comprender el mundo.
Tania permanece allí varios minutos. Lee una página, luego otra. Después una tercera. Es una de las pocas visitantes que parece intentar recorrer la instalación completa.
Más adelante, las acuarelas de la serie Hábitats obligan a disminuir el paso. Una habitación vacía conserva el vestido de una niña suspendido en el aire. En otra imagen, un cuerpo yace inmóvil sobre una cama rodeada de juguetes dispersos. Más adelante, una figura infantil permanece arrinconada frente a un espacio casi deshabitado. Luego aparece un cuerpo abierto que exhibe sus órganos internos. Finalmente, unos pies marcados por hematomas y rodeados de moscas cierran la secuencia.
La madre guarda silencio mientras observa las imágenes. Su hija tampoco comenta nada.
Frente a la instalación Dictado, la madre permaneció varios minutos leyendo los cuadernos bordados. Su hija, ya adulta, avanzaba unos pasos por delante y regresaba cada cierto tiempo para buscarla. La madre se detuvo ante una de las páginas y acercó el rostro para descifrar las puntadas. Allí, entre líneas azules y márgenes rojos que imitaban los cuadernos escolares de los años noventa, leyó una frase sencilla: “Estaba jugando. Cerré los ojos un momento y el tiempo pasó”.
Guardó silencio.
—¿Qué dice? —preguntó su hija.
La mujer volvió a leer la frase, como si quisiera comprobar que seguía allí.
—Nada… —respondió primero.
Su hija insistió.
—¿Y por qué te quedaste mirando?
La madre sonrió apenas.
—Porque tú todavía no lo entenderías. Aún eres joven.
La hija soltó una pequeña risa y siguió caminando. La madre permaneció unos segundos más frente al bordado. Quizá pensaba en los años que desaparecen sin hacer ruido, en la velocidad con la que una infancia se convierte en recuerdo o en cómo una frase tan simple puede resumir décadas enteras. Luego se alejó lentamente para alcanzar a su hija.

Esa capacidad de detener al visitante aparece una y otra vez a lo largo de Lengua materna. Los bordados de Nereida Apaza son tan delicados, sus colores tan suaves y sus composiciones tan cuidadosamente construidas que, por momentos, la belleza formal parece eclipsar el contenido. Muchas personas se acercan fascinadas por la minuciosidad de las costuras, por los cuadernos convertidos en tela o por los vestidos rosados suspendidos en las paredes. Se maravillan con la técnica antes de detenerse en aquello que la artista está diciendo.
Algo parecido ocurría frente a una fotografía donde aparece una joven Nereida junto a Susana Higuchi. La imagen proviene de su etapa escolar, cuando fue una alumna destacada y recibió el reconocimiento que le permitió posar junto a quien entonces era la primera dama del país. Dos señoras de alrededor de sesenta años observaban la fotografía con atención.
—Miraaa, siempre ha sido destacada la chica —comentó una de ellas.
La otra asintió con una sonrisa de aprobación, como si hablara de una vecina o de una antigua conocida.
La admiración por la niña aplicada contrastaba con las imágenes que colgaban apenas unos pasos más allá. Allí, Apaza Mamani intervenía fotografías de movilizaciones sociales y marchas realizadas durante la década de 1990, muchas de ellas vinculadas a la defensa de derechos laborales afectados por las reformas económicas impulsadas durante el gobierno de Alberto Fujimori.
Las políticas de flexibilización laboral implementadas en esos años redujeron protecciones para los trabajadores, facilitaron despidos y transformaron profundamente las relaciones laborales en el país. Las protestas registradas en esas fotografías formaban parte de una resistencia que hoy suele aparecer apenas como una nota al pie en los relatos oficiales de la época.
Quizá allí reside una de las mayores virtudes de Lengua materna. La artista no grita ni impone consignas evidentes. Borda. Cose. Recorta. Construye imágenes de apariencia frágil para hablar de temas profundamente incómodos: la discriminación, la migración, la violencia política, las desigualdades sociales y las heridas que dejó uno de los periodos más dolorosos de la historia reciente del Perú. Sus obras atraen primero por su belleza, pero permanecen en la memoria por las preguntas que dejan abiertas. El riesgo es que el visitante quede cautivado por la perfección de la puntada y no llegue a escuchar aquello que el hilo está tratando de decir.
(FIN/Ensayo General)


🩰 Por primera vez, Raymonda, una de las grandes obras del ballet clásico universal, llega a Lima, junto a Carmen.
— Ensayo General (@Ensayo_General) June 24, 2026
Entradas desde S/ 20, el Ballet Municipal de Lima busca acercar este arte a nuevos públicos en el histórico Teatro Segura.
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