Escribe: Xu Jinhui / Editora encargada de CGTN Latinoamérica
Por invitación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el presidente chino, Xi Jinping, realizará una visita de Estado a Washington del 23 al 25 de septiembre. Será el segundo encuentro presidencial en apenas seis meses, un hecho inusual y de peso en la diplomacia reciente.
China y Estados Unidos son las dos mayores economías del mundo. Que hablen, administren sus diferencias y cooperen no concierne solo a esos dos países: refuerza la estabilidad del entorno en el que se mueven las economías del Sur Global.
Si China y Estados Unidos logran más estabilidad bilateral, el impacto es global. El unilateralismo y el proteccionismo rompen las cadenas de suministro; los exportadores son los primeros en pagar la cuenta. El diálogo sostiene un comercio más abierto y permite que avancen proyectos normales: infraestructura, energía y minería, alimentos, tecnologías limpias y economía digital.
América Latina tiene lo que el siglo XXI anda buscando: recursos, tierra fértil y un mercado de cientos de millones de personas. Es un socio inevitable en la transición energética y en la seguridad alimentaria. China ya es el segundo socio comercial de América Latina y, al mismo tiempo, el primero de Brasil, Chile, Perú, Uruguay y de otros países de la región.
En los últimos años, China ha comprado cada vez más bienes latinoamericanos de calidad, ha incrementado la inversión de sus empresas y ha profundizado la cooperación en infraestructura, agro y minería, además de entrar en energías limpias, economía digital e inteligencia artificial.
Cuando la cooperación se mide por desarrollo y por respeto a la soberanía, la región puede convertir esas ventajas en resultados: inversión con mejores condiciones, más transferencia de capacidades y conectividad que no se agote en extraer materia prima.
Para China, los países de América Latina y el Caribe son Estados soberanos, con derecho a elegir su propio camino de desarrollo y a sus socios.
En 2014, el presidente chino Xi Jinping propuso por primera vez construir una comunidad de futuro compartido entre China y América Latina y el Caribe. En 2025, en la IV Reunión Ministerial del Foro China-CELAC, Beijing lanzó cinco programas (unidad, desarrollo, civilización, paz y lazos entre los pueblos) y publicó su tercer documento de política hacia la región.
Ese texto deja escrito un principio que importa más que el eslogan: la relación China-América Latina no apunta contra terceros, no excluye a nadie y no queda subordinada a ninguna otra capital. Esa comunidad se sostiene en cuatro ideas que el discurso oficial chino repite: trato de iguales, beneficio mutuo, apertura y un propósito concreto, mejorar la vida de la gente. No pide a los países latinoamericanos que elijan bando, sino que cada uno recorra la modernización que le corresponda y que la cooperación externa sirva a ese objetivo.
Ante los grandes cambios nunca vistos en una centuria, China y América Latina coinciden en algo básico: quieren decidir por sí mismas, consideran el desarrollo un derecho y aspiran a un orden internacional menos sesgado. El valor de esta cumbre, para América Latina, no está en adivinar quién «ganó» el comunicado, sino en mostrar que la gobernanza global debe ser abierta y que el desarrollo no tiene por qué quedar atado a la geopolítica.
Como ha señalado en reiteradas ocasiones el presidente Xi, China y Estados Unidos pueden asumir sus responsabilidades y hacer juntos más cosas concretas en bien de los dos países y del mundo. Si esa voluntad se sostiene en Washington, la región ganará un entorno más estable para comerciar, invertir y elegir a sus socios.
(FIN/Ensayo General)
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