24 de septiembre de 2022
Familia participante del proyecto 'La Casita de los Picaflores'. Foto: Giselle Silva/Facebook.
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Giselle Silva Panez: “El Perú es un país de personas heridas”

Frente a ello, nos mueve un deseo profundo de generar una cultura del buen trato, afirma psicóloga e impulsora del proyecto La Casita de los Picaflores.

Entrevista: Mariella Checa

Como un proyecto pequeño, pero lleno de fe, define Giselle Silva Panez a “La Casita de los Picaflores”, el Centro Psicológico Comunitario recientemente inaugurado que lidera en la Comunidad Campesina de Urquillos, en el Cusco. Heredera de la vocación, el talento y el compromiso de sus padres, el psiquiatra Max Silva Tuesta y la psicóloga Rosario Panez Ramírez, ella, terapeuta de artes expresivas, comparte con Ensayo General detalles de esta iniciativa, a través de la cual busca promover el buen trato entre las personas y canalizar la necesidad de creer que, desde su punto de vista, tienen insatisfecha muchos profesionales peruanos.

El Valle Sagrado está de moda como espacio propicio para la sanación. La oferta de terapias es amplia pero desde un punto de vista más bien esotérico, místico, metafísico. ¿Cómo definirías lo que estás ofreciendo tú?

– Yo he tenido la iniciativa de hacer un Centro Psicológico Comunitario, donde lo primero que visualicé fue la atención terapéutica, desde mi ser psicóloga, a personas de una comunidad campesina. Yo he trabajado en áreas rurales muchos años y siempre el campo me generó mucho cariño e interés. Por otro lado, soy muy afecta a una técnica muy potente, que es el sandplay, el juego en arena con miniaturas, que tiene a la imaginería como centro. Entonces yo soñaba con llevar esta técnica, pero usando las imágenes del campo, andinas. Eso quiero ofrecer, y las artes expresivas también: el movimiento, la pintura, la poesía, todas las artes que están involucradas en la terapia de arte.

¿Entonces, tu trabajo está dirigido a la gente de la zona; no es turismo de salud?

– Efectivamente, hay gente que llega al Valle Sagrado para hacer su emprendimiento, y sus clientes son limeños o turistas. Los servicios de salud mental para la población local son muy escasos. Se necesita de atención psicológica para la población originaria y esta necesidad no está cubierta. A nuestro Centro llegan pacientes no solo de Urquillos, sino también de Urubamba, de Calca, y llaman a cada rato. A mí me interesa generar un conocimiento sobre la psicología andina, tema en el que empecé a trabajar hace ya algunos años y sobre el que tengo ya algunas publicaciones, por ejemplo, acerca de resiliencia en el Ande. Y también me interesa posicionar el Sandplay a nivel país y formar gente, porque la vida me ha dado mucho y tengo mucho que dar. Siento la necesidad de compartir mis conocimientos, contagiar mi pasión. Y es increíble, porque en mi camino aparecieron ocho sicólogas cusqueñas que se han comprometido con el proyecto.

¿Es decir que hay conciencia de la importancia del cuidado y la atención de la salud mental en la zona?

– La gente hoy en día sí tiene conciencia, los propios pobladores, y es que en las zonas rurales hay mucho sufrimiento. El Perú es un país de personas heridas. Muchos adultos han sido maltratados en su niñez.

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Psicóloga Giselle Silva Panez: «Las artes tienen que ver con la belleza y la belleza sana». Foto: Giselle Silva/Facebook.

¿Estás hablando específicamente del mundo andino o de todo el Perú?

– Del Perú en general, pero sobre todo de áreas rurales. Por eso, me parecía que hacer este trabajo era algo pendiente, necesario, y cuando llegué a Urquillos, confirmé esta intuición, escuchando lo que me expresaban las personas de la misma comunidad. Luego supe que hay varios adolescentes con depresión, que llegan hasta a pensar en el suicidio; jóvenes a los que les cuesta ubicarse entre su cultura ancestral y el mundo globalizado, mujeres que son maltratadas y madres solteras. Al poco tiempo de llegar, recibí la aceptación y el apoyo de los directivos comunales, y se presentó el servicio a la población. Los casos empezaron a llegar y ya hemos pasado la treintena. La mayoría de ellos muestran que es necesario trabajar la comunicación entre padres e hijos, entre la pareja, porque no es raro advertir que se dan patrones de violencia intrafamiliar, como ocurre en todo el Perú. El foco temático de este proyecto son los buenos tratos en la familia, en la pareja. Eso es lo principal, y otro aspecto que nos interesa es el sentido de vida vinculado a la identidad cultural. Allí hay todo un tema que todavía es necesario explorar más.

¿Pero pretender un cambio de lo habitual no genera un choque cultural? ¿Cómo se puede fomentar relaciones más sanas sin decir tu cultura está mal?

– El acercamiento que hacemos no es prescriptivo. No hay un “debe ser”. No hay esto está mal como forma de intervención. Es más bien trabajar con los recursos de las personas, con sus aspiraciones y también con algo más propositivo. Los padres de familia son muy estrictos y esto no es malo en sí mismo, pero pueden restringir mucho a los hijos. Entonces preguntamos ¿Qué cosa temes? Sus miedos pueden ser legítimos. Entonces, se invita a pensar ¿cómo enfrentar este miedo con tu hija sin afectar su desarrollo? Por ejemplo, en vez de prohibir, negociar. Es abordar los fantasmas que puedan tener los papás, pero también ampliar el abanico de opciones, porque hay modos que no han sido conocidos previamente. Se trabaja mucho desde la mirada del recurso personal, desde la validación de los aspectos positivos de la cultura, porque la gente que llega tiene un lado sano, que es el que busca ayuda. Las personas tienen muchos recursos. Sean campesinas, urbanas, hay una parte sana que hay que atender. Hay que enganchar con ella.

¿Y esta oportunidad solo la tienen quienes acuden a consulta?

– En este trabajo es muy importante la línea preventiva. Ya empezamos a hacer talleres y tenemos cuatro programados para cuatro meses consecutivos, a cargo de voluntarios, que van a ir a hacer pintura, acuarela, conversatorios. Profesionales que se han ofrecido a dirigirlos. Yo también quiero eso: convocar a profesionales con los que cuento, porque creo que hay un buen grupo humano que tiene mucha necesidad de dar, de contribuir al país, y como no hay lugar para creer, para la fe, entonces veo que resuena mucho un proyecto como este, que es directo; que trabaja directamente con la comunidad. Hay que canalizar esa voluntad de tantas personas que han recibido de la vida muchas cosas buenas y quieren creer en un proyecto que devuelva confianza al país y a su gente, en que sí es posible apoyarnos entre peruanos. Yo percibo eso y quiero dar esa oportunidad, porque tampoco puedo hacerlo sola. No soy omnipotente. 

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Sesión de trabajo con la comunidad en ‘La Casita de los Picaflores’ en Urquillos. Foto: Giselle Silva/Facebook.

¿Por qué es importante atender las heridas?

– Un aspecto importante en este proyecto es la aplicación de un modelo de atención basado en la resiliencia, en los recursos y en el afecto. Es un modelo que trabaja en base a la reparación de los vínculos familiares y sociales. Por eso me gusta formar gente, porque necesitamos un modo amoroso de relacionarnos como peruanos. Las familias que llegan a las consultas se quedan perplejas porque por lo general no han sido escuchadas con empatía en su experiencia de vida. Nos miran como diciendo ¿Esto es verdad?  Y agradecen mucho. Porque suelen ser tratados con aspereza, no solo en el hogar, sino también en las instituciones públicas. Creo que es importante la forma en la que nos encontramos con el otro. Y el efecto de estos encuentros profesionales y terapéuticos puede servir como punto de partida para plantear los buenos tratos como forma de relacionarse. Este consultorio es como un laboratorio, donde estamos intentando promover la idea que los modos amables de relacionarse son necesarios para la convivencia y para el país. En la base del proyecto hay un deseo profundo de generar una cultura sicológica del buen trato. Esa es mi gran motivación. Hay mamás que se acercan, por ejemplo, a decir -y me parece súper valioso-: Vengo porque le estoy empezando a pegar a mi hijo y me preocupa, no quiero pegarle. Me doy cuenta de mi carácter. ¿Y cómo es la familia? Mi esposo me pega, me maltrata. Se va descubriendo una cadena de los malos tratos: El padre o la madre que pegan también han sido maltratados en su niñez. La persona que maltrata por lo general es un ser herido en la infancia, que se ha identificado con el agresor.

¿Las lógicas de la vida comunal no chocan con una terapia individual? Hace un rato mencionaste que son familias las que buscan ayuda…

– Les alivia mucho escuchar sobre el secreto profesional; saber que lo que se conversa queda allí, en el consultorio. Eso es parte del protocolo. Luego, efectivamente, van mucho en familia, llegan en grupo. Hace mucho también que yo esté viviendo allí. De alguna manera me van incorporando, me van viendo. Y hay dos cosas muy valiosas que rescatar de la vida comunitaria. La primera es que todo el mundo se saluda y lo otro es el trabajo compartido que hacen.

Has dicho, hablando del Perú, que aquí no hay lugar para la fe. ¿De dónde viene esa idea?

– De todo lo que nos pasa como país: el gobierno, la corrupción, los intereses económicos, todos los manejos cuestionables que vemos. Entonces, ¿dónde colocas tu fe ciudadana? Los que hemos podido, hemos salido corriendo de un sistema de vida que está colapsando. Es muy asfixiante, muy agresiva, la ciudad. Yo he podido refugiarme en la belleza de la naturaleza, pero en mi sistema, como ciudadana, como ser humano, no basta eso. Para mí es necesario colocar mi fe en algo. Para mí, este proyecto ha sido eso: ¿dónde puedo colocar mi fe? En lo pequeño, en lo local, en el saludarse con la otra persona y que esa persona me vea, me diga hola, buenas tardes, buenos días, que yo le responda y le sonría.

Mutuo reconocimiento…

– ¡El mutuo reconocimiento! Con lo humano, estás, existes, te estoy viendo, no te conozco, pero te estoy reconociendo. Chico, viejo, grande…y tú también me estás reconociendo. Entonces, lo chiquito, la básico, lo primario. Eso para mí ha sido muy importante de esta aventura: lo simple. En las comunidades no hay consumismo, no hay tanta basura, el recolector pasa una vez a la semana. Entonces yo digo que esos son recursos de la comunidad, de la vida sana, antigua, bella. A la vez reconozco que hay una serie de problemas, a cuya solución yo también puedo aportar. No sé, es como descubrir la simpleza de la vida, lo que necesitamos.

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Equipo de trabajo de ‘La Casita de los Picaflores’. Foto: Giselle Silva Panez/Facebook.

¿Qué importancia le das a la aplicación de las artes a la sanación de las heridas?

– Las artes tienen que ver con la belleza y la belleza sana, consuela. Además, no es una belleza académica, sino la que uno produce. Entonces, las artes curan porque la persona se convierte en el alfarero de sus circunstancias. Esa sería mi definición personal. La forma que se le va dando a la materia prima tiene que ver con las propias aspiraciones, los propios deseos, las propias soluciones. El cuerpo habla, se expresa y sale una forma hecha por la persona, que expresa así esa capacidad de transformar sus circunstancias. Ese es el poder curativo del arte. Uno transforma desde sus recursos, desde lo que es capaz de formar. Y todo está en la imaginación, que está llena de deseo. Entonces, así la persona esté en la luna, siempre su imaginación va a estar a su servicio, y si está muy deprimida, el terapeuta la va a acompañar para que rescate esos deseos y los pueda poner de una forma linda en la pintura, en la cerámica. Uno sana haciendo.

¿Lo terapéutico está en que la expresión canaliza lo que está adentro o en el descubrimiento de la propia capacidad de crear?

– En la posibilidad de expresar lo que se lleva dentro, que hay una necesidad muy grande de hacerlo, y en la creación. Cuando uno crea trae al presente y actualiza sus recursos sanadores. Lo lindo, lo mágico, lo especial de las artes expresivas es que se sana con los recursos que están en el propio interior. Así uno esté en la lona, en el peor momento de su vida, adentro de cada persona hay un tesoro de recursos. Aún en medio de la peor situación, hay un recurso. Entonces, la creación, la invitación a abrir los sentidos, a conectarse con la naturaleza, con el material, el olor, con el cuerpo, el movimiento, conecta a la persona con su parte viva, con su vitalidad. Así la persona esté mortecina, hay una vitalidad allí, hasta que expire. La creación, lo que aporta es esa posibilidad de atraer los recursos para sanar.

¿Y el sandplay?

– Es igual, porque lo que se hace con el sandplay es crear escenas. Y es muy rápido, además, porque, el o la paciente tiene un conjunto de miniaturas ya hechas, de imágenes, entre las que elige para crear una escena. En cada imagen que se elige hay un montón de historias y contenidos que están asociados, y a la hora de combinar pequeñas imágenes y formar una escena, la persona va contando su vida completa, trayendo todos tus recursos, dándole forma, narrativa, a algo inconsciente. Es una maravilla.

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Sesión en ‘La Casita de los Picaflores’. Foto: Giselle Silva/Facebook.

¿Algo que quisieras que nos quedara claro sobre “La Casita de los Picaflores”?

– Cuando se permite el juego simbólico auténtico, el niño, el ser humano, expresa su verdadero ser. Entonces, esa expresión auténtica del ser debe ser el fundamento de toda crianza, de toda educación, de todo proceso terapéutico, de toda promoción humana: ser y expresar lo que uno es, pero a nosotros, como país, no nos permiten ser. Nos educan para no ser lo que somos. Aprendemos con falsedades impuestas, y si uno quiere ser uno mismo, lo castigan. Si a una serpiente le pones alas, te dicen “niño tonto” y te rompen el dibujo.

Pero eso no solo a nivel familia, sino también escuela…

A eso me refiero. Eso se reproduce a todos los niveles y de allí viene mucho la violencia…

Claro porque tu esencia, lo que tú eres es permanentemente negado y tú vas por el mundo sin saber quién eres.

– Sin saber quién eres, y entonces te frustras, te opacas, te deprimes o maltratas a otros. Entonces, la propuesta de las artes expresivas, del juego en arena, del juego simbólico y del trabajo que hacemos en este centro, es ayudar a las personas a ser, a traer lo que son, lo que quieren y necesitan, y a que vean cómo es que todo eso dialoga con su cultura.

¿Cómo apostar por la salud emocional en un mundo en el que normalmente esta dimensión es ninguneada en beneficio de lo intelectual, lo racional?

– ¡Claro! Si la persona es emocional, puede ser asumida como “la vieja histérica”. O este mandato de “los hombres no lloran”. Es como que lo emocional denigra a la persona. Eso hay que irlo cambiando, y creo que hacerlo es un modo de hacer política de otra manera: un modo auténtico, fresco, y que no tiene ese título. Mis papás me contaban que cuando recién se casaron, se fueron a trabajar en estas obras de “Cooperación popular”. Más allá de que fuera una iniciativa de Fernando Belaúnde o no, eso no importa, este programa social recogía el sueño del joven profesional de hacer algo por su país. Es un movimiento que uno hace desde su profesión, porque está apostando por algo que tiene que ver con el país. Eso me parece bonito, importante y es lo que convoca este proyecto. Nadie está ganando dinero. Estamos haciendo algo por el país. Yo quisiera que la gente se contagie de eso, y jalar personas que quieran ayudar y hacer algo libre de corrupción; poniendo en marcha ese espíritu sano de la fe en algo chico, humilde, pero que tiene significado. Necesitamos un lugar donde podamos hacer, sin el miedo al boicot, al serrucho, a la utilización o a la burocracia.

(FIN/Ensayo General)

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Afiche en ‘La Casita de los Picaflores’ en Urquillos, Cusco. Foto: Giselle Silva Panez/Facebook
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